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El vuelo de Siem Reap a Bangkok con Bangkok Air, es el modo más caro (120 euros) cómodo y rápido de llegar a la capital tailandesa. La compañía es muy buena y sus empleados se esmeran en todo momento por complacer a los pasajeros.

 

En el aeropuerto de Don Muang nos espera nuestro paisano Ta José, estamos un rato hablando con él y después nos mete en un taxi (200 baths, 4 euros) que nos lleva a nuestro hotel (Bangkok Palace 25 euros la doble) en Pratunam.

 

Image Hosted by ImageShack.usTenemos bastantes dudas con el hotel, que pronto quedan disipadas, no se le puede pedir más por ese precio. En otras ocasiones nos hemos hospedado en el Baiyoke Sky y en el Novotel Lotus, de similar nivel pero más caros: la habitación doble de estos últimos ronda en la actualidad los 45-50 euros por noche.

A pesar de que viajamos con las dos últimas ediciones de la Lonely Planet y algún plano, no tenemos nada previsto y aún no sabemos muy bien que hacer. Pasear por el mercado de Patpong nos parece una buena forma de reencontrarnos Bangkok.

 

Después de caminar unos cientos de metros por las oscuras y sucias calles de Pratunam, un taxi (sobre 50 baths) nos conduce al eje turístico nocturno por excelencia de la capital tailandesa. Buscamos un lugar de masajes recomendado por la guía Lonely Planet, pero nadie lo conoce y nos conformamos con un mediocre masaje en uno de esos locales de amplias cristaleras donde se suceden lo sillones aprovechando al máximo el espacio.

 

 Las dos calles paralelas del Patpong constituyen una extraña mezcla donde convive un mercadillo con puestos que venden todo tipo de falsificaciones con locales de “vida alegre” que cuentan con una amplia gama de posibilidades que abarca desde bailarinas de striptease, pasando por el pingpong show o banana show, hasta lo que el bolsillo de cada uno esté dispuesto a pagar. La mayoría de los visitantes son turistas curiosos sin mayores pretensiones que hacer alguna compra y asomar el hocico en esos locales.

 

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Entre el masaje y una comunicación a través de Internet con casa llegó la hora de cierre y nos retiramos.  El regreso eléctrico en tuktuk (50 baths) por las calles de Bangkok nos pone los pelos de punta.

 

El sábado decidimos alternar un espacio para hacer unas compritas con unas horas para conocer los lugares más importantes de Bangkok que no habíamos tenido la oportunidad de visitar en otras ocasiones. Primero nos encaminamos al mercado de Pratunam, continuando hasta el Sky Train que nos acerca a la Jim Thomson House, la vivienda de un americano que se hizo millonario con el comercio de la seda tailandesa a la vez que difundía sus excelencias por todo el mundo. Sin dejar de reconocer la calidad de alguna de las antigüedades que alberga la casa, en mi opinión la visita es prescindible.

 

 En la salida un conductor de tuk tuk se ofrece a llevarnos a nuestra próxima parada (Wat Traimit) por la módica suma de 20 baths (tarifa habitual 50-80), interesados en saber que timo nos tenía preparados nos dejamos llevar… Nos explica que previamente debe llevarnos a una sastrería, le decimos claramente que no tenemos intención de hacernos trajes y el hombre, muy majo él, nos dice que da igual, que hagamos el paripé para que le paguen la comisión y después nos llevará al templo del buda de oro. Dicho y hecho, nos deja en la sastrería, el hindú que la regenta no tarda en decirnos “good bye” invitándonos a salir con un gesto de pocos amigos.

 

Image Hosted by ImageShack.usEl Wat Traimit es un templo bastante simple, pero el fabuloso buda en oro macizo de cinco toneladas de peso, es asombroso. Todavía tenemos tiempo de acercarnos a China Town, tomar el ferry hasta el Hotel Oriental, caminar hasta la parada del sky train que nos deja en el colosal centro comercial MBK. Llegamos al hotel molidos pero con ánimo para salir a cenar en un libanés muy bueno en el barrio de Silom (7 euros dos personas).

 

No exagero si dormimos más de diez horas, así que nuestros planes para el último día de viaje se tambalean por momentos. A pesar de todo nos presentamos en la estación de ferrocarril de Hualampong con la pretensión de encontrar un tren que nos lleve a la antigua ciudad imperial de Ayutthaya. Es nuestra segunda intentona de alcanzar las ruinas de la que un día fue la capital del reino, una cruel resaca dos años atrás había frustrado nuestras ilusiones.

 

Adquirimos unos billetes por unos 300 baths, un precio superior al normal, porque el tren sólo dispone asientos de clase superior e incluye comida. Compartimos el trayecto con una pareja de catalanes que lleva tan sólo dos días en Asia y continua viaje hacia Lopburi.

 

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 Hace un calor de mil demonios en Ayutthaya. La estación de ferrocarril está separada de las ruinas arqueológicas por el río Chra Phraya, que sigue su curso hacía el palacio de verano de Bang Pa-In antes de bañar la ciudad de Bangkok y entregarse al golfo de Tailandia. Una vez que el viajero cruza el río (creo que el ferry cuesta dos baths) elige la forma que más le convenga de visitar los distintos templos: motocicleta, tuk-tuk, a pie, bicicleta, coche.

 

Continuamos a pie por la vía que discurre perpendicular al río y lo une con la dispersa zona monumental, mientras un curioso hombrecillo para su vehículo cada 100 metros ofreciéndonos sus servicios de transporte. Vamos declinando sus ofertas hasta que ya asfixiados por el calor húmedo de las horas centrales del día sucumbimos a las mieles del aire acondicionado por algo más de 200 baths (4-5 euros) qie incluyen dos horas y media de transporte con derecho a visitar los cuatro templos que más nos interesan.

 

 Visitamos el buda reclinado del  Wat Lokaya Sutha, el Wat Na Phramana, el Wat Maha That con su buda devorado por un árbol y el Wat Chai Watthanaram. He de reconocer que no nos entusiasmó Ayutthaya, la inevitable comparación con los abrumadores templos de Angkor que venimos de recorrer y el soporífero calor quizás tengan la culpa.

 

Image Hosted by ImageShack.usRegresamos en autocar a la estación norte de Bangkok en apenas hora y media (no recuerdo el precio exacto, sobre un euro), donde aprovechando su cercanía cogemos un autobús urbano al “weekend market” de Chatuchak, el mercado al aire libre más grande del mundo, donde dicen que todo se puede encontrar. Son necesarias varias jornadas para recorrer sus más de dieciséis mil puestos y no es infrecuente que en cualquier momento del recorrido nos veamos sorprendidos por algún evento especial, como nos ocurrió un par de años antes al topamos por casualidad con un foso de peleas de gallos en torno al cual los enfervorizados seguidores cruzaban sus apuestas.

 

Bajamos al hotel en el sky train. La tarde del domingo se desvanece y nuestro viaje también llega a su fin, la madrugada del lunes el avión de regreso nos estará esperando en el aeropuerto de Don Muang. Mil imágenes desfilan por nuestras mentes mientras resignados ajustamos los detalles de las últimas hora en Asia.

 

Zanjado el traslado al aeropuerto, un taxista callejero nos recogerá en el hotel a las 5 a.m. a cambio de unos generosos 400 baths, nos dirigimos al barrio de  Sukhumvit en sky train, mientras una tromba de agua inunda las calles de Bangkok. Elegimos para cenar el Al Hussain, recomendado por la guía LP y situado en el gueto árabe de Little Arabia cerca de Soi 3. Francamente bueno, 8 euros dos personas.

 

Y como no podía ser de otra forma un masaje pone punto final a nuestra aventura en Bangkok esta vez en Phussapa Thai Massage School bastante profesional y barato: 200 baths una hora de thai massage. El taxi de regreso nos deja en el hotel al filo de la media noche por 80 baths.

 

Termino no sin antes hacer una breve referencia al vuelo de vuelta, ya que parece que los problemas de la Qatar Airways son algo más que una casualidad. Un nuevo y triste episodio de extravío de maletas y retrasos nos aguardaba.

 

También quiero llamar la atención sobre la curiosa política de la compañía que combina tramos en aviones equipados con la más moderna tecnología y todas las comodidades (según parece los tramos “estrella” como Bangkok-Doha), con otros que cubren pesados trayectos de varias horas donde es difícil encontrar un lugar para meter las piernas. Lo saben perfectamente los sufridos pasajeros españoles que deben permanecer la friolera  de siete horas que dura el vuelo Doha Madrid  totalmente encajonados.