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2ª parte Mozambique

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Esta es la historia de la primera parte de nuestro viaje. La historia de cuatro mil kilómetros por las carreteras del sur de África descubriendo algunos de los paisajes más asombrosos de este vasto continente.

 

 atardecer en Chobe

 

ON THE ROAD. RUMBO A BOTSWANA

 

Como la inmensa mayoria de los itineranarios que discurren por el Africa Austral el nuestro comienza en Johannesburgo, la ciudad más grande de Africa al sur del Cairo, apelativo del que presumen pomposamente sus habitantes.

 

El aeropuerto de Tambo es una especie de lanzadera de viajeros que  procedentes de todos los rincones del mundo aterrizan en Johannesburgo y se esparcen por la extensa región meridional del continente: desde las cataratas Victoria a Ciudad del Cabo, desde las dunas del Namib en el Atlántico sur a las idílicas playas mozambiqueñas en el Oceáno Indico, pasando por parques y reservas mundialmente reconocidas como Etosha, Kruger, Chobe o el Delta del Okavango.

 

Viernes 10 de agosto.

 

Los vuelos de Iberia Santiago-Madrid y Madrid-Johannesburgo transcurren sin incidencias y cumplen los horarios. Aterrizamos en la metrópoli sudafricana a las 10.30 horas. Hacemos los trámites aduaneros, cambiamos algo de divisa  y recogemos el vehículo que previamente hemos alquilado a través de Web Car Hire en la oficina de National.

 

Nos entregan un Nissan Tiida, mayor que el Micra reservado previamente por el mismo precio. En el devenir del viaje comprobaremos la idoneidad de este vehículo con un maletero bastante espacioso.

 

A las doce menos cuarto emprendemos la marcha hacia Botswana, los cielos están despejados y la temperatura es muy agradable. Vamos adaptándonos poco a poco a la conducción por la izquierda por las buenas autopistas sudafricanas.

 

A pesar de no haber estudiado debidamente el recorrido, de no llevar mapa, de las escasas indicaciones de las carreteras y de la confusión creada por el doble nombre de algunos lugares, conseguimos con más suerte que intuición y destreza llegar a Mokopane (también conocido por Potgietersrus), donde hacemos una parada para comprar unas botellas de vino sudafricano y algunos víveres.

 

Continuamos rumbo norte por una carretera que poco tiene que ver con las autopistas de varios carriles a las que ya nos estábamos acostumbrando. El paisaje se muestra cada vez más árido y despoblado. No hay arcén, la carretera está mordida y como no me me habitúo a medir bien las distancias desde la nueva posición del volante, en un par de ocasiones meto la rueda en el morrillo.

 

Una vez que alcanzamos la frontera de Martins Driff, hacemos los trámites de entrada en Botswana con relativa celeridad (pagamos 60 rands, 6 euros de tasas por entrar con vehículo en el país). Aún no ha caído la noche y a pesar de que la conducción nocturna no es recomendable por la presencia de animales salvajes que invaden la calzada, creemos necesario continuar y nos adentramos cien kilómetros en territorio botswano hasta llegar a Palapye, donde nos quedamos en el primer alojamiento que encontramos, el Harmony Lodge. Pagamos 180 pulas (22 euros) por una habitación decente aunque modesta, a primera hora de la mañana reemprendemos nuestro camino rumbo a Maun.

 

Jirafas

Sábado 11 de agosto.

 

Botswana es uno de las naciones con menor densidad de población de África, ocupa una superficie algo mayor que la de España y acoge a apenas dos millones de habitantes. El gran desierto del Kalahari domina el corazón del país creando un medio hostil al ser humano.

 

Apenas circulan coches, la monotonía de los grandes espacios se ve interrumpida por los paradas obligatorias de los controles veterinarios, minúsculas aldeas de chozas, termiteros, vacas y burros en las proximidades de la carretera o incluso en el propio asfalto. Los accidentes provocados por las colisiones contra animales, domésticos o salvajes, son la primera causa de muerte en las carreteras del país. Visibles marcas de neumáticos en el asfalto causadas por bruscos frenazos advierten del peligro.

 

La escasez de lluvias se deja sentir en el paisaje, el monte bajo de la sabana está completamente seco, los tonos pajizos de las praderas herbáceas dominan las grandes llanuras, mientras espinosas acacias y mopanes resisten con estoicismo los rigores de la implacable sequía.

 

 Delta del Okavango

 

DELTA DEL OKAVANGO

 

Las rectas sin fin, la ausencia de vehículos y el buen estado del firme animan a pisar el acelerador. Devoramos kilómetros y kilómetros, y antes de las dos de la tarde llegamos a Maun, la población turística más dinámica del país, antesala del delta del Okavango y de la reserva Moremi.

 

El río Okavango nace en Angola y al alcanzar el noroeste de Botswana se expande formando un gran delta interior que se divide en brazos y canales que terminan absorbidos por las arenas del desierto. El esfuerzo no es vano, el agua fluye creando meandros, charcas, islotes y humedales que son el escenario de uno de los ecosistemas más ricos y mejor preservados del mundo, que acoge a los grandes felinos depredadores, manadas de herbívoros, decenas de otros mamíferos y reptiles, así como una variedad asombrosa de aves.

 

Continuamos 10 kilómetros más en dirección norte hasta que llegamos al Audi Camp. Recomendado por todas las guías de viajes y por la mayoría de los viajeros, este complejo ofrece un ensalzado camping y distintos tipos tiendas de lona bien equipadas sobre la ribera del río.

 

Hemos reservado la bedded tent en suite (con baño), una espaciosa tienda foto (435 pulas, 50 euros) que descansa sobre una base de troncos de madera mirando al río perfectamente integrada en el entorno.

 

El Audi también organiza safaris y salidas en mokoro. Hemos hecho una reserva provisional para un safari de dos días en la Moremi Wild Life Reserve condicionada a que consigan reunir un grupo de seis personas. No ha sido posible y como el precio para dos es el mismo que para seis personas, nos vemos obligados a cancelar el safari y a buscarnos la vida.

 

Después de instalarnos y debatir con la recepción los flecos pendientes, nos dirigimos al aeropuerto de Maun, con el propósito de alquilar una avioneta que nos lleve esta misma tarde a hacer un vuelo escénico sobre el delta.

 

Lo idóneo es alquilar un aparato de 5 plazas, que cuesta 1500 pulas más las tasas (210 euros total), pero no nos queda otro remedio que alquilar una de tres plazas para nosotros solos, pagamos 1200 pulas (145 euros la avioneta) y nos descuentan el importe de las tasas.

 

bufalos en OkavangoLa pequeña avioneta nos da más seguridad de lo que en principio cabría esperar. Ocupo el asiento del copiloto y disfruto una visión perfecta del Delta. A medida que nos vamos alejando de Maun e internándonos en el entramado fluvial, la panorámica se hace más impresionante.

 

Sobrevolar  este ecosistema nos aporta una perspectiva única, la indudable belleza paisajística se ve enriquecida por la gran abundancia de vida salvaje. Observamos manadas de búfalos, elefantes e hipopótamos refrescándose, cebras, jirafas y varias especies de antílopes. También puede sorprendernos alguna que otra hiena o leona.

 

El vuelo tiene una duración de una hora y es conveniente realizarlo a primera hora de la mañana o al atardecer. Varias compañías ofrecen el servicio en iguales condiciones económicas y de seguridad. La reserva puede hacerse a través de la mayoría de los alojamientos o bien en las oficinas que las compañías tienen abiertas en el aeropuerto de Maun. En temporada alta es aconsejable, contactar previamente por email.

 

Con los pies ya en el suelo, pero con el cerebro aún procesando todas las sensaciones e imágenes que han desfilado por nuestras mentes en tan corto espacio de tiempo, tanteamos las posibilidades de Maun.

 

Lo que creíamos iba a ser un hervidero de agencias dándose codazos por ofrecernos el mejor y más económico safari es un polvoriento pueblo bastante tranquilo con un par de pequeños centros comerciales y menos actividad de la esperada.

 

Sondeamos los precios en los chiringos de la ciudad y en las agencias de algunos lodges de las afueras sin sacar nada en limpio. Cae la noche cuando nuestro vehículo termina atrapado en una pista camino del Island Lodge. Una chica encantadora nos ayuda a sacarlo de la trampa de arena y nos facilita el teléfono de dos compañías locales que no tienen establecimiento abierto, pero que pueden acomodarse a nuestras necesidades.

 

Volvemos al camp, tomamos unas cervezas namibias en el agradable bar al aire libre y cenamos entrecot en el Sports bar (165 pulas, 20 euros dos personas). El vacuno botswano es sabroso: carne hecha, con un ligero sabor dulzón que recuerda al aroma que se filtra en la sabana. Tomamos una copa de vuelta al Audi y dormimos como piedras.

mokoro en el Delta

 

Domingo 12 de agosto.

 

Uno de los grandes atractivos que ofrece el Delta es surcar sus canales en mokoro, la canoa indígena fabricada a partir de los troncos del mopane. Las incursiones de dos o tres días son la opción más recomendable y permiten disfrutar de la experiencia de pasar la noche en una tienda a cielo raso entre la fauna salvaje, aprovechar las mejores horas para observar animales y minimizar el tiempo perdido en traslados. No obstante, la alternativa más utilizada por los visitantes es la excursión de un día de duración, conocida comercialmente como One day mokoro trip.

 

Aunque la opción más económica y la que permite que nuestro dinero llegue a las comunidades indígenas es hacer el paseo con Okawango Polers Trust of Serowa (12 euros por persona), las dificultades logísticas que nos plantea el acceso a la aldea han hecho que nos inclinemos por reservar la excursión con antelación a través del Audi Camp (54 euros por persona tasas de entrada al parque incluídas).

 

A primera hora de la mañana desayunamos en el comedor al aire libre del camp, hace un frío que pela, más perceptible una vez que subimos al camión que nos transporta a la aldea de los mekoro (plural de mokoro). El traslado que dura unas dos horas, discurre en su mayor parte por pistas de arena rasgadas en el paisaje árido de la sabana y es amenizado por algunas jirafas, cebras y avestruces que se cruzan en nuestro camino.

 

En una gran charca que marca el inicio de los humedales nos esperan los mokoros; navegamos por espacio de media hora entre los estrechos canales hasta que ponemos pie a tierra. Si la sensación de surcar las aguas del delta es una mezcla de placidez y tranquilidad con una inicial inquietud ante la aparente fragilidad de la embarcación, caminar con el guía a campo abierto resulta excitante ante la posibilidad de que se produzca cualquier encuentro con la vida salvaje. Ayer mismo veíamos desde el aire animales que no nos gustaría entontrar ahora a menos de 100 metros.

 

La charla previa de advertencias que nos da el mokorero, suponemos que sirve fundamentalmente para darle un poco de emoción a la experiencia y con nosotros consigue su propósito. El primer encuentro con un elefante cara a cara resulta realmente intenso: el elefante, nosotros tres, 30 metros de distancia y ningún refugio en cientos de metros a la redonda. La presencia de huellas de otros animales como búfalos o hipos, también ayudan a inquietarnos.

 

Durante el resto del día tendremos encuentros con otros elefantes y algún huidizo antílope, también disfrutamos de las hermosas charcas llenas de hipos y cocodrilos. Con el regreso en mokoro a la aldea concluye la incursión en las aguas del delta.

 

Teniendo en cuenta que no incluye la comida, que a los polers les pagan 100 pulas por dos personas (12 euros) y que el camión sufrió una avería en el retorno y ni siquiera se dignaron a proporcionarnos un nuevo vehículo, el Audi Camp hace un negocio redondo y cobra bien cara la excursión. La relación calidad precio del alojamiento que dispensa es excepcional, las actividades no están, ni de lejos, a la misma altura.

 

La avería nos hace llegar con más de una hora de retraso a Maun, una simple anécdota si no fuese porque no hemos cerrado el safari al Moremi y el tiempo se nos acaba.

 

Tras diversas gestiones y llamadas concertamos una reunión con Custros en el Audi, una agencia llevada por locales con la que ya habíamos intentado contactar por email antes de viaje sin éxito. Tras varios tiras y aflojas cerramos un safari de dos días/una noche al deseado Moremi por 2650 pulas (unos 160 euros por persona). Nosotros llevaremos la comida, pero las tasas del parque están incluídas. Más contentos que unas pascuas cenamos en el Audi (150 pulas dos personas, 19 euros) y nos tomamos unas copas.

 

Creemos haber cerrado un buen trato, vistos los precios que se estilan en Maun donde nos han llegado a pedir cifras más altas por la excursión de un solo día.

mirada inquietante

 

Lunes 13 de agosto.

 

Demasiado bueno, quizás, pues los amigos de Custros dan la espantada y no acuden a recogernos, quedamos tirados por completo, perdiendo la posibilidad de conocer el Moremi.

 

La poca seriedad de Custros nos obliga a recomponer nuestros planes. Afortunadamente conseguimos adelantar para hoy la reserva que teníamos para la noche de mañana en el Audi. Partiremos de esta manera, mañana a primera hora para Zimbabwe. Teniendo en cuenta las circunstancias es la decisión más razonable que podemos tomar.

 

A lo largo del día conseguimos que desde las oficinas de National en Johannesburgo nos envíen por fax la autorización para cruzar con el coche la frontera de Zimbabwe y cuya tardanza nos tenía preocupados. El resto del tiempo lo dedicamos al dolce far niente: tomamos el sol en la piscina del Audi, bebemos unas cervezas en los logdes próximos y eligimos para comer la terraza del Okawango River Logde. Cenamos en el Bull&Bush (100 pulas, 12 euros dos personas).

hipos

 

Martes 14 de agosto.

 

Despedimos Maun con una sabor agridulce. Tenemos por delante 690 kilómetros: hemos de atravesar el país de oeste a este, luego continuar rumbo norte hasta el puesto fronterizo de Kazungula, situado a 90 kilómetros de nuestro destino: la ciudad zimbabua de Vic Falls, base de operaciones para todos aquellos que pretenden visitar las Cataratas Victoria. Nos alternamos al mando del volante y sólo paramos para repostar o para recoger algún local que espera el transporte comunitario.

 

Africa nos hace un guiño durante las primeras horas de la mañana, mientras recorremos las interminables rectas que atraviesan las grandes  planicies, observamos algún avestruz y antílopes en las proximidades de la vía. Estás fugaces apariciones, se convierten habituales a medida que nos acercamos al parque nacional de Nxai Pans. Elefantes, manadas de cebras, babuinos, jirafas y alguna hiena se cruzan en nuestro camino. Paramos varias veces el vehículo asombrados ante semejante profusión de vida salvaje en la carretera Maun-Nata. No cabe duda de que todo el país es un gran parque natural.video de unas jirafas en el medio de la carretera

 

A medida que el sol se levanta los animales van desapareciendo, lo que nos permite mejorar las medias de velocidad que sólo se ven afectadas por algunos tramos bacheados entre Nata y Kasane.

 

cataratas Victoria

 

LAS CATARATAS VICTORIA

 

En torno a la una y media llegamos a la ciudad fronteriza de Kazungula. Hacia el noroeste a apenas 6 kms. se encuentra  Kasane, base logística del parque Chobe que visitaremos días después, ahora nos encamnamos a la frontera con Zimbabwe situada a escasos 2 kms.

 

Cuando el viajero llega en coche a Zimbabwe debe llenarse de paciencia y traer el bolsillo bien lleno de dólares para transitar por un cúmulo ilimitado de ventanillas pagando en cada una de ellas una tasa o impuesto más cuestionable que el anterior: primero 30 US$ de visado, después la tasa de derecho a circular (10 US$ por vehículo), seguimos con la carbon tax (11 US$ por vehículo, aunque varia en función de la cilindrada del coche) y cuando crees que tienes ya vía libre para entrar en el país, te reclaman el pago de un controvertido seguro a terceros (pagamos en rands, unos 15 euros).

 

Un par de kms. después del puesto fronterizo un control policial se encarga de verificar que el sufrido turista a cumplido religiosamente con el fisco zimbabuo.

 

Zimbabwe es un país que ha sufrido un deterioro económico y social alarmante en los últimos años. La que en un pasado no muy lejano fue una de las economías más prósperas y estables de Africa, ostenta el dudoso honor de sufrir tasas de hiperinflación merecedoras de un puesto en el libro Guinness; records acompañados de índices crecientes de pobreza, desabastecimiento e inestabilidad social.

 

El turismo se ha resentido de la crítica situación y gran parte de los mejores lodges y hoteles han echado el cerrojo. Las infraestructuras están en franco deterioro y la carestía de combustible hace que apenas transiten coches por las excelentes vías construídas en las añoradas épocas de vacas gordas.

 

Los paisajes que disfrutamos camino de Vic Falls son de innegable belleza. Atravesamos suaves lomas pobladas de bosque, sólo unos tímidos kudus, alguna jirafa y un par de camionetas se cruzan en nuestro camino.

 

Las gentes caminando por los bordes de la carretera anuncian la proximidad de la ciudad. Vic falls es una población un tanto anárquica, a la sensación de abandono que muestran las infraestructuras, se une el trazado circular de muchas de sus calles que hacen bastante complicado orientarse cuando salimos de las dos arterias principales.

 

Llegamos un día antes de lo previsto al Vic Falls Backpackers, un albergue legendario en todo el sur de Africa. Nos alojan en una habitación doble con baño compartido (30$ unos 22 euros), es pequeña y poco ventilada, pedimos el cambio a una en suite (50 $), pero están todas ocupadas.

 

La charla previa y los consejos de dueño son célebres entre los mochileros y forman parte de un ritual que ejecuta con gran pompa. A su favor hay que decir que ofrece excursiones al mejor precio, es medianamente honesto con el cambio (160.000 ZIM$ por dólar) y da buenas indicaciones. Nos sugiere que presenciemos el atardecer desde Vic Falls Safari Lodge y que nos olvidemos del timo que supone acudir al hight tea en el Vic Falls Hotel (40$).

 

Obedeciendo los consejos recibidos, nos apostamos en la espectacular terraza del lujoso hotel. Las vistas sobre el Zambezi NP son de excepción. La puesta de un sol de amarillos y naranjas intensísimos tiene como escenario una colina que dominan varias docenas de buitres desde las copas de los árboles; bajo el montículo surge una charca que con su reflejo va delatando la presencia de los animales que acuden a beber con el ocaso. 

 

Cenamos algo de embutido al vacío en el albergue con una botella de un buen tinto sudafricano mientras intercambiamos impresiones con el resto de los huéspedes. Mañana será un gran día.

rafting Zambeze

 

Miércoles 15 de agosto.

 

Efectivamente, el día en el que afrontamos el famoso rafting del Zambeze, uno de los más célebres y salvajes del mundo. Después de tantear los precios en la ciudad, decidimos contratarlo por mediación del albergue; nadie nos ha ofrecido mejor precio: 90 dólares por persona (80+10 de entrada al parque).

 

Un camión nos viene a buscar temprano, después recogemos a más gente en otros hoteles y nos dirigimos a la base de la operadora Wild White Water Rafting, situada un kilómetro río abajo de las cataratas, en un emplazamiento espectacular con unas asombrosas vistas del cañón del Zambeze y del puente que lo atraviesa uniendo Zimbabwe y Zambia.

 

Dependiendo de la época del año, el rafting se inicia donde ahora nos encontramos o desde el rápido 11. El caudal del río de enero a finales de agosto hace intransitable el famoso rápido 5 y obliga a acortar el descenso.

 

Nos ofrecen un café para hacer tiempo antes de trasladarnos unos kilómetros río abajo, desde donde descendemos el abrupto cañón a pie hasta un remanso del río, allí nos esperan las neumáticas.

 

Formamos parte de un equipo internacional, que parece bastante equilibrado. Nos acompañarán en la balsa un japonés con aires de samurai, dos kiwis bien bravos y un veterano californiano curtido en estas lides.

 

Dos ingredientes hacen del descenso una experiencia a mi juicio recomendable:

 

- Unos panorámicas irrepetibles que combinan los espectaculares cañones del Zambeze encerrado en las verticales paredes volcánicas; sorprendentes playas de arena blanquísima que contrastan brutalmente con el negro azabache de la roca; la belleza de las riberas del río pobladas por cocodrilos del Nilo y la inmensa fuerza de los rápidos.

 

- La vibrante experiencia que supone enfrentarse a la incontenible fuerza de unas aguas que minutos antes se han precipitado al vacío formando uno de los espectáculos naturales más vigorosos que puedan existir. Cada rápido es pura adrenalina, una lucha contra los elementos donde no siempre salimos vencedores.

 

En efecto, el río de vez en cuando quiere salirse con la suya. Negociamos el rápido 17 cuando una ola nos manda a todos al agua sin apenas enterarnos. Las frías aguas nos advierten de nuestra situación. El vuelco quedaría en una anécdota más, sino fuese porque pierdo una pieza de la carcasa de la cámara que nos impedirá hacer fotos subacuáticas en Mozambique. video de un momento del descenso

 

La exigencia física del rafting es moderada, si exceptuamos el ascenso a pie que hay que realizar por la pared del cañón con el material a cuestas y que deja exhausto al más pintado. Nos reponemos con un pequeño buffet y unas bebidas antes de regresar a Vic Falls.

 

Aprovechamos que aún son las tres de la tarde para visitar el mercado de artesanía situado a 10 km. de la ciudad, en la carretera de Bulawayo. De camino paramos a dos locales, que agradecidos hacen las veces de improvisados guías. La gente en Zimbabwe es sensacional, apenas compramos un par de tonterías pero disfrutamos de un rato realmente agradable.

 

De vuelta a la ciudad, decidimos visitar el elegante Vic Falls Hotel, de ambiente colonial y cuidados jardines donde parece que se ha detenido el tiempo, goza de un privilegiado emplazamiento. Es posible disfrutar del atardecer en la magnífica terraza del hotel sin tener que tributar los 40 dólares del hight tea, basta con pedir un refresco (2 euros) y recrearse en el entorno entre una legión de camareros elegantemente uniformados. 

 

No tenemos ganas de cenar fuera y arreglamos la cena en el albergue con los víveres traídos de Botswana, los supermercados en Vic Falls están literalmente vacíos. Mañana dedicaremos el día a visitar las cataratas, después regresaremos a Botswana, para visitar el parque de Chobe; unos chicos franceses que conocemos en el hotel nos acompañarán.

 

Jueves 16 de agosto.

 

el humo que truena, lado zambianoTras el pobre desayuno del hostel, hacemos el check-out y nos dirigimos al Vic Falls National Park (entrada 20 dólares). El Zambeze, uno de los ríos más caudalosos del continente discurre plácido extendiendo sus aguas por un cauce de varios kilómetros de anchura hasta que en el encuentro con una profunda y estrecha grieta se precipita con gran estruendo formando las Cataratas Victoria.

 

 El río a partir de ese momento cambia por completo su fisonomía al verse obligado a amoldarse a un angosto cañón de paredes verticales formadas por lava volcánica. Aseguran que el cauce alcanza en las temporadas de lluvias más de cien metros de profundidad.

 

Las cataratas se encuentran en la frontera de Zimbabwe y Zambia, cada país tiene su propio parque, la perspectiva es distinta desde cada lado, y al igual que sucede con los saltos de Iguazú, complementaria.

 

En Zimbabwe recorremos la grieta desde el borde opuesto a la caída de las aguas, observando cara a cara cada uno de los saltos. La presencia del “humo que truena” es tan cercana que el vapor del agua nos empapa en los diferentes balcones haciéndonos partícipes del espectáculo. video 

 

El punto culminante y final del recorrido del lado zimbabuo, es la roca situada a 100 metros altura sobre el recodo del río, el llamado Danger Point. La panorámica es mejor cuanto más nos acerquemos al precipicio donde ninguna barrera impide que nos despeñemos. La intensa sensación de vértigo combinada con el disfrute del estruendo y del desplome convierten la visita al Danger Point en el momento álgido de  las cataratas.

 

Aún conmocionados, por el espectáculo visitamos el big tree, un gigantesco baobab situado a dos kilómetros del parque, sobre la marcha optamos por visitar el “otro lado”.

 

Como nuestra rent a car prohíbe entrar con el coche en Zambia, lo dejamos en el aparcamiento situado justo enfrente de la entrada del parque y seguimos a pie. A pesar de las largas colas de ambos puestos fronterizos, los turistas, los blanquitos, tenemos preferencia y no perdemos demasiado tiempo tramitando el visado de un día.

 

En el parque de Zambia, el Mosi-oa-Tunya Park, obtenemos una perspectiva más completa,  apostándonos en uno de los extremos de la gran grieta por la que se precipita el agua. Río arriba,  el Zambeze discurre plácido y a pasar de la presencia de cocodrilos es posible cruzarlo a nado casi en su totalidad, justo antes de su violenta caída.

 

En especial el parque zimbabuo, nos dejó gratamente impresionados, creíamos que la ausencia de lluvia en la temporada seca iba a mermar su espectacularidad. Constatamos que cada época tiene sus alicientes, el aumento del cauce permite disfrutar de unos saltos más vigorosos que a su vez provocan un exceso de vapor, que merma las opciones de conseguir buenas vistas desde los miradores más cercanos, convirtiéndolos literalmente en duchas de agua fría.

 

A toro pasado puedo afirmar con rotundidad que el viajero que se molesta en llegar a Zimbabwe para ver las cataratas no tiene disculpa posible para no acercarse a conocer el lado zambiano. Razones no faltan, comenzando por escaso coste económico. El visado zambiano de un día cuesta 10 dólares y la entrada en el parque zambiano otros diez.

 

Tampoco podemos excusarnos una eventual falta de tiempo disponible: sólo precisamos un par de horas  para ir  y volver de un parque a otro (incluyendo los trámites fronterizos) y el lado zambiano se recorre con relativa de celeridad.

 

Si la panorámica que se divisa desde el puente que cruza el río y que une ambos países vale por si sola la visita, la perspectiva diferente y complementaria terminan por hacerla indispensable. Si alguna duda queda en la mente del viajero amante de las compras, ha de saber que un colorido mercado de artesanía le espera en la entrada del Mosi-oa-Tunya Park.

 

De vuelta a Vic Falls recogemos a la pareja de franceses en el albergue y ponemos rumbo a Botswana, en menos de una hora llegamos a la frontera. Abonamos otra vez la tasa (ahora 40 pulas) que grava la entrada con vehículo en Botswana.

trío bufalos

 

CHOBE

 

Kasane, la base de operaciones de los que se adentran en el parque Chobe, está a seis kilómetros del paso fronterizo. La carretera que nos conduce a la pequeña población discurre paralela al río Chobe, en cuyas riberas de asientan diferentes lodges. No tenemos alojamiento para esa noche, así que desfilamos uno a uno por los hoteles en busca de una habitación.

 

 Conseguimos las dos únicas habitaciones disponibles del Chobe Safari Logde; nosotros que teníamos una reserva para el sábado, la modificamos para quedarnos hoy (16), mañana (17) y el domingo (600 pulas, 75 euros por día y habitación), dejando en el aire la noche del 18 libre con intención de pernoctar dentro del parque Chobe.

 

Nuestros compañeros de viaje nos invitan a cenar en el lodge, la cena buffet, servida en un comedor al aire libre cubierto por una carpa e iluminado por antorchas es “muy africano”. 

 

Viernes 17 de agosto

 

leonaMadrugamos como gallinas, a las 6 nos esperan en recepción para hacer un “game drive” en Chobe (130 pulas, 15 euros). Hace un frío del carajo, con las manos trato de tapar mis delicados oídos que precisan con urgencia la protección de un gorro.

 

El safari en camión por las riberas del río nos muestra una variada fauna salvaje y nos brinda un hermoso amanecer, aunque pronto nos damos cuenta de que hay un overbooking bestial: más de media docena de camiones hacen el mismo recorrido, pelean por situarse en la mejor posición para divisar un grupo de leones o un leopardo y todos hacen una pequeña parada en el mismo punto para tomar un café.

 

Durante el resto del día exploramos las posibilidades de hacer un safari overnight, visitando alguna que otra agencia. Kasane no es un hervidero de actividad, las pocas agencias independientes son poco eficientes y  profesionales, las alternativas escasas.

 

Visitamos a Walter, un uruguayo propietario de Janala safaris y del Walter Lilly Lodge, que se compromete a hacer alguna gestión para ayudarnos pero nos advierte que va a ser complicado encontrar algo mejor que un programa previsto para el día que nos marchamos. Decidimos hacer el sunset cruise esa misma tarde con él para mantener el contacto.

 

Una pequeña agencia regentada por Joyce promete encontrarnos un guía conductor, nosotros tendremos de llevar la comida, alquilar las tiendas y unos sacos. El comportamiento de Joyce es lamentable: promesas incumplidas, mentiras, largas... hasta el último momento nos hace albergar esperanzas de dormir en el parque rodeados de animales como ya hiciera Custros en el Delta.

 

Tomamos un tentempié en Gallery africana (50 pulas) y al atardecer disfrutamos de uno de los platos fuertes del parque Chobe, el crucero al atardecer, Sunset Cruise (115 pulas, unos 14 euros) con Janala.

 

La travesía en barco al caer la tarde por el río Chobe ofrece al viajero uno de los espectáculos más aclamados del Africa salvaje. La posibilidad de observar la importante presencia de vida salvaje que se acumula a beber en las zonas ribereñas en un medio natural de irrepetible belleza, es coronada por unos atardeceres memorables.

 

Las islas que emergen en medio del río ofrecen pasto abundante que atrae a los grandes herbívoros a estas auténticas llanuras rodeadas de agua. La variedad de aves acuáticas es inmensa, cocodrilos e hipopótamos se encuentran con facilidad; desde el barco podemos verlos a escasa distancia. Manadas de herbívoros, capitaneadas por importantes grupos de elefantes que cruzan el río al caer el sol ofrecen una de las postales más famosas de Botswana.

 

El paseo en barco dura tres horas y es una actividad ineludible para cualquier visitante. Existe la posibilidad de alquilar el barco completo por horas por precios bastante módicos, excepto a las horas más demandadas (amanecer y atardecer) en las que se ven más animales.

 

Después del crucero Walter nos invita a una copa y charlamos varias horas con él, nos cuenta su novelesca vida y sustanciosas anécdotas. Su mujer hace un par de gestiones infructuosas para agenciarnos el overnight safari y nos anticipa que Joyce no será capaz de cumplir lo prometido.

 

Cenamos en el agradable y animado The Old House, buena carne de ternera con unas cervezas (118 pulas, 12 euros dos personas), mientras tratamos de aclarar nuestro futuro. Nuestra amiga Joyce nos ha prometido arreglar todo mañana, pero como a los desesperados sólo la necesidad nos hace otorgarle un débil voto de confianza.

 Sábado 18 de agosto

 

Nos personamos a primera hora en la agenciucha, su estúpida hija consigue que por primera y última vez en todo el viaje perdamos la paciencia. Hace méritos sobrados para que la mandemos a la mierda.

 

Las alternativas en Kasane son muy limitadas y en nuestra posición se pueden considerar agotadas. La situación se complica cuando en el Chobe Safari Lodge nos confirman que no podemos cambiar la reserva de pasado mañana para esta noche al estar todo completo, pues tampoco tiene sentido quedarse dos días mas en Kasane. Improvisamos una escapada a la franja de Capribi en Namibia para cubrir la noche libre y aprovechar al máximo el tiempo.

 

La carretera al Mboma Brigde, el puente sobre el río Chobe que une Botswana y Namibia, atraviesa literalmente el parque Chobe y es habitual cruzarse con animales a cualquier hora del día. Excrementos en la carretera, árboles derribazos, ramas destrozadas y incluso la propia presencia física  son pruebas indiscutibles de que estamos un territorio donde abundan los elefantes. Dos puestos de control registran las entradas de vehículos en tránsito dentro del parque, anotando minuciosamente las horas de entrada y salida. Cuando anochece se prohíbe circular y el tramo de vía queda cerrado.

 

Unos enormes baobabs presiden la hermosa estampa que ofrece el tramo del río sobre el que se levanta el puente internacional. En la frontera Namibia realizamos los trámites son rapidez. La entrada en el país con vehículo está gravada con un impuesto (casi 20 eurotes) que curiosamente no se abona en la frontera sino en  puntos diseminados por las diferentes poblaciones, lógicamente el justificante de pago nos será requerido cuando abandonemos del país.

 

Recorremos a buena velocidad la llanura sobre la que se traza la carretera, apenas interrumpida por aldeas de chozas y alguna escuela. Pronto alcanzamos las pistas que conducen a los lodges asentados en el Zambeze, con cabañas que penden espectacularmente sobre el río.

 

Algún hotelito está completo, otros como el Rhino pese sus fantásticas instalaciones presenta un deplorable estado de conservación y un personal algo extraño. Basta decir que el elemento que hace las veces de recepcionista nos recibe con el dedo metido en la nariz. Espectacular, cuando salimos de allí nos cansamos de imitarlo entre incontenibles carcajadas.

 

Recalamos en una habitación ubicada en una casa flotante prefabricada del Mukusi Logde (394 dólares namibios, 40 euros). La habitación está muy conseguida, pero el emplazamiento ya en las afueras de Katima Mulilo no es tan idílico como otros que habíamos examinado.

 

Tenemos en mente visitar el importante mercado de artesanía de la ciudad y hacer un crucero por el río al atardecer, pero es sábado y casi todo está cerrado, mercado incluído. Con el paseo por el Zambeze tampoco hay suerte. La fenómena que regenta el Mukusi en ausencia del jefe, se ofrece para encontrarnos un barco y finalmente nos deja en la estacada.

 

Nos tomamos con bastante deportividad los plantones que estamos recibiendo y nos echamos unas buenas risas repasando cada uno de los episodios mientras paseamos por la polvorienta ciudad, que no tiene mucho que ofrecer: un local de comida grasienta (el único abierto) donde nos inyectamos una dosis de triglicéridos; el mercado donde reina el pescado seco, que nos recibe con su característico olor penetrante, y poco más.

Regresamos a Botswana después de la improvisada incursión en tierras namibias que nos deja la agradable experiencia de dormir mecidos por la corriente del Zambeze y el hermoso atardecer que degustamos desde la terraza del bar del Mukusi con una buena cerveza namibia en la mano.

 

Zambeze en Katima Mulilo, Namibia

 

Domingo 19 de agosto

 

A nuestra llegada al Chobe Safari Lodge, nos alojan en una safari room, tienen el mismo precio (600 pulas, 72 euros) que las river rooms, la ubicación sobre la orilla del río es la misma, pero las habitaciones son mucho más espectaculares con techos de más de cinco metros de altura y gran amplitud.

 

Comemos en el vecino Chobe Marina Logde, uno de alojamientos más caros de la zona, el buffet del almuerzo es aceptable y el precio es muy razonable: apenas 25 euros dos personas.

 

Intentamos sin éxito hacer un safari a pie por la tarde: unos nos dicen que están prohibidos por la amenaza que suponen los leones, otros que se pueden hacer en la isla namibia de Mpalila pero que la salida precisa un número mínimo de personas. Es obvio que los esquemas de las agencias turísticas de Kasane son muy rígidos y las opciones bastante limitadas.

 

Como tampoco conseguimos plazas para hacer un drive in al atardecer, decidimos dar un paseo por la carretera que cruza el parque en dirección a Namibia, donde ya hemos observado la presencia de variada vida salvaje. Los franceses que se han venido con nosotros de Zimbabwe deciden acompañarnos en la improvisada experiencia que resulta muy provechosa. Elefantes, antílopes, cebras salen a nuestro encuentro durante el recorrido.

peatones II

 

Lunes 20 de agosto

 

El comienzo de la semana viene marcado por el traslado a Nata. Termina el periplo por los grandes parques de Botswana, retornamos a Sudáfrica, plataforma  desde donde iniciamos la segunda parte de nuestro viaje con la costa mozambiqueña como escenario.

 

Hemos diseñado el retorno de forma que nos permita  disfrutar de otra de las grandes atracciones de Botswana, las planicies de Makgadikgadi. Hoy cubriremos apenas trescientos kilómetros hasta Nata, mañana vamos a afrontar una jornada realmente exigente en la que debemos recorrer más de mil kilómetros.

 

flamencos y pelicanos, Makgadikgadi

 

NATA