ESTADO DE RÍO DE JANEIRO

Río de Janeiro


Antes de ir a Río de Janeiro había leído mucho sobre la ciudad y soñado todavía más con ella. Era el auténtico mito de nuestro viaje y la decepción ante las expectativas creadas sobre la llamada “cidade maravillosa” entraba dentro de lo probable. Sin embargo éstas no sólo se cumplieron, sino que se desbordaron.


Durante la planificación de nuestro viaje habíamos ido reduciendo paulatinamente la estancia, dejándola en únicamente tres días. El temor a la inseguridad ciudadana había influido poderosamente en esa decisión. La llegada estaba prevista para las siete de la tarde del sábado, pero nada más llegar al aeropuerto de Lisboa vimos en los paneles que estaba previsto un retraso de dos horas, se iniciaba la penosa historia de los continuos retrasos de la Varig. Como contrapartida tuvimos la suerte de volar en business, pues el avión iba tan lleno que no había plazas en turista. El vuelo trascurrió sin incidencias y al llegar al aeropuerto elegimos un taxi blanco para nuestro traslado a Copacabana, más caro –decían que- más seguro, pagamos 50 reales tras de un pequeño regateo. Después de mi experiencia, recomiendo coger un taxi común, amarillo y regatear hasta los 30-40 reales a lo sumo por un traslado a Copa o Ipanema.


Una vez instalados en el Che Lagarto de Copa, nos faltó tiempo para pedir un taxi que nos acercara a la noche de Lapa. Nunca olvidaré la intensidad de aquel momento, la llegada a los Arcos de Lapa, la sensación de estar medio perdidos en aquel ambiente. En pocos minutos nos hicimos dueños de la situación y disfrutamos plenamente la noche de Río. Nuestro primer lanche, nuestra primera caipirinha por 2 reales en plena calle, la gente que fuimos conociendo, su sorprendente hospitalidad, la música de la Carioca de Gemma y aquel ambiente único… a las 3 de la mañana agotados por el viaje y medio mareados por la fuerte caipirinha retornamos al hotel, Río nos había recibido con los brazos abiertos.

 
El domingo teníamos una consigna clara, si hacía buen tiempo deberíamos coger el autobús (583 si no recuerdo mal) de Cosme Velho hacia el Corcovado pues amenazaba con cambiar el lunes y el Corcovado no es un lugar agradable, ni adecuado para visitar con malas condiciones climatológicas. Nos levantamos temprano y pronto estábamos en Cosme Velho esperando la cola del bode (30 reales) que nos subiría a través de la Foresta de Tijuca hasta el Redentor. Había mucha gente, el día era espléndido, un calor soberano. En la cima pudimos observar como la elevada temperatura hacía que las vistas sobre la ciudad no fuesen todo lo nítidas que debían ser para conseguir unas buenas fotografías, pero la panorámica era impresionante y la presencia de la mole del Cristo majestuosa. En un ataque de histeria colectiva las cámaras fotográficas trabajaban a toda velocidad, luego descubriríamos el porqué: salvo en el Pan de Azúcar y en el propio Cristo, era raro ver a un turista haciendo una fotografía en Río, entendimos entonces el deseo de la gente de inmortalizarse en el Corcovado.


La visita se había dilatado más de lo previsto, habíamos quedado con unos cariocas que conocimos la noche anterior en Lapa en el posto 9 de Ipanema sobre la una de la tarde, pero pasaban las 3 de la tarde cuando estábamos de vuelta en el hotel. Después de comer algo fuimos caminando por Copa un rato y tomamos un autobús hacia Ipanema para visitar la Feira Hippe que se celebraba los domingos, no tenía nada especial y antes de que anocheciera nos fuimos a la playa.


Tengo que decir con toda honestidad que cuando llegamos a Ipanema que llegué a emocionarme, el ambiente era algo increíble, indescriptible. Un domingo de buen tiempo Ipanema es una de las mayores atracciones de Brasil. Un hervidero de almas con un ambiente fantástico, la carretera cortada al tráfico invadida por los cariocas que acuden a la playa, una sucesión de atracciones espontáneas, de malabaristas del balón haciendo virguerías en un partido de voley-playa, de chiringuitos, de cachas y garotas con minúsculos “fios dentais” todo ello presidido por la fantástica silueta del Morro dos Dois Irmaos al fondo forman un cóctel mágico llamado Ipanema. Una playa con personalidad propia, un universo increíble que condensa la esencia de Brasil, y siempre lejos de lo que se podría entender como playa masificada, incomoda y ruidosa, porque Ipanema es la Playa.


Después de un poco de arena y sol continuamos nuestro peregrinar por los bares de las calles próximas, grabando en el disco duro todo lo que nuestros atónitos ojos observaban: bares de animado ambiente gay que montaban show en plena calle antes de caer el día, otros poblados de turistas, de gente guapa…volvimos justo ante de caer la noche en bus al hotel y de ahí nos fuimos a cenar a uno de los lugares clásicos de la ciudad, el Bar Lagoa, en el barrio del mismo nombre. Un alemán con soberbias y sabrosas raciones, frecuentado por cariocas. Pedimos un plato para cada uno cuando las raciones eran para dos, con unos 6 chopes (cañas) que pasan por ser los mejores de la ciudad y pagamos 80 reales, propina incluida. Además de la comida nos sorprendió la alegría de los cariocas en la mesa, sus animadas conversaciones, lo mucho que disfrutan de la vida. Agotados, decidimos dar por cerrado el día y recuperar horas de sueño.


El lunes nos levantamos temprano teníamos muchas cosas por hacer, poco tiempo, una larga lista de restaurantes recomendables donde comer así que la mejor decisión que pudimos tomar fue irnos para la playa, Ipanema nos había cautivado. Pasamos una maravillosa mañana en el posto 9, nos bañamos en el agitado mar, compramos las típicas cangas y con el bañador aún mojado buscamos uno de los dos lugares recomendados para comer un rodicio de carne en la zona. Nos encontramos con el Carretao antes que con Porcao, una camarera nos empuja literalmente dentro del local. Buen buffet previo, muy variado, lugar con buenas instalaciones y varios camareros rondándonos con jugosos cortes de delicioso vacuno, comimos estupendamente y cuando nos esperábamos una cuenta de campanillas, pagamos unos 75 reales, con propina. Un regalo. Nada que ver con los rodicios que había probado en España. Este establecimiento tiene una sucursal en la zona de Copa.
Por la tarde nos fuimos a Urca con la intención de tomar el bode que nos llevase al Pao de Azúcar, fantásticas vistas al atardecer y una ascensión de vértigo en dos tramos. La vuelta de noche en taxi.


Copacabana parece no es el mejor lugar de Río para salir de noche, aunque nosotros estábamos alojados allí, huíamos de lo que dicen es una mezcla de extranjeros borrachos, prostitutas y de un mal ambiente general que se concentra en los alrededores de la discoteca Help. En nuestra última noche en Río nos dirigimos a la zona de Ipanema-Leblón, donde se concentra una mezcla de extranjeros y algún carioca clase bien. El ambiente es relajado y algo bohemio, aderezado con el clásico sabor carioca. Tomamos unas caipirinhas en la Académia da Cachaça mientras cenábamos, parando después en los agradables locales de la zona, continuamos la noche en Emporio, Code tratando entre caipirinha y caipirinha de resolver el dilema que nos ocupaba: visitar o no ir a Ilha Grande.


La única obligación inexcusable que teníamos en los próximos días era coger en la tarde noche del jueves el avión que nos condujese a Foz do Iguaçú, debíamos decidir si pegarnos una soberana paliza para llegar a Ilha Grande, donde todas las previsiones meteorológicas auguraban un mal e incómodo tiempo, estar allí un día y volver, o quedarnos en Río donde estábamos estupendamente. Decidimos aplazar la decisión y dejarla para el último momento.


El martes muy de mañana nos vino a buscar una amiga carioca al hostel, cogimos el metro hasta el centro y tomamos el bodinho de Santa Teresa. La cosa estaba mal por el barrio de Santa Teresa, en los últimos días se habían producido varios asaltos a turistas y una semana antes de partir habíamos leído en el foro de lonely un impactante relato de una irlandesa asaltada casi al pie del bode, de modo que decidimos no tentar nuestra suerte y contemplar el delicioso barrio de calles empedradas, casas señoriales vestidas con vistosas enredaderas sin bajarnos del bodinho que con su característico traqueteo avanzaba lentamente.

 

De vuelta aprovechamos para caminar un poco por el centro de la ciudad y después de despedirnos de nuestra amiga fuimos hasta el Botafogo Shoping. Caminamos hasta Copa, comimos algo en el Cervantes, donde se asegura que hacen los mejores “sanduiches” de la ciudad y de allí pateamos los hermosos cuatro kilómetros de “orla” que van desde Leme a Arpoador por todo el paseo de Copa.


En un arranque de locura habíamos decidido marcharnos a Ilha Grande, subimos en un taxi que por 18 reales nos llevó a la rodoviaria Novo Río (estación de autobuses), donde a las 18.30 deberíamos tomar el bus que nos llevase a Mangaratiba, para en la mañana del miércoles embarcar en el ferry hacia Ilha Grande. Dejábamos Río con muchas cosas pendientes y con una consigna clara: volver algún día.



Ilha Grande


El recorrido de Río a Mangaratiba dura unas dos horas, transcurre primero por barrios pobres del extrarradio de la ciudad y después por pueblos costeros también muy pobres y deprimentes donde la única actividad existente parecía ser la misa evangélica que se celebraba sin excepción en las sórdidas iglesias del litoral. El autobús de la empresa Costa Verde es muy cómodo, no recuerdo el precio exacto, pero ronda los 6 euros. Mangaratiba no resultó ser mucho mejor que lo visto durante el viaje y el hotel Mendonça (75 reales) que habíamos reservado desde Río, que según el conductor del bus era el mejor de la ciudad y una auténtica maravilla fue el peor lugar donde dormimos en todo el viaje. No nos explicábamos porque coño nos habíamos ido de Río.


El miércoles a las ocho y media de la mañana tomamos el ferry (4.55 reales, 12 reales el fin de semana) que partía hacía la vila de Abraao, en Ilha Grande. La suerte parecía sonreírnos y la climatología nos hacía un guiño presentándonos una soleada mañana. El trayecto de unos 20 km. y una hora y medía de duración, muestra la inmensa belleza la zona, a medida que nos acercábamos a Ilha Grande se imponía su abrupta silueta. La entrada en la bahía de Abraao dominada por el Pico do Papagaio revela la auténtica majestuosidad de la isla.


Tras desembarcar en Abraao lo primero que llama la atención es la ausencia de vehículos motorizados, nos valemos de un nativo que por 5 reales transporta nuestras pertenencias en una carretilla por las pousadas de la zona en busca de alojamiento. Tras en pequeño sondeo en una oficina de información turística sobre los precios de las pousadas en esta época del año, visitamos unas cuantas decantándonos finalmente por As Bromélias, especialmente recomendada por la guía Viajar bem e barato. La pousada es una maravilla y los 75 reales de la “diária” un regalo. La esmerada atención, la cuidada decoración y el fantástico café da manha la hacen totalmente recomendable. Reseñar que habíamos visitado otras pousadas que también rayaban a gran altura y cuyo precio era menor. Son las ventajas de acudir a la isla en temporada baja.


Recorrimos la villa llena de simpáticas construcciones, buscando una agencia que nos ofertase una excursión para conocer alguno de los bellos lugares que esconde la isla. Se ofrecían dos “passeios de escuna” ,el que conducía a la famosa playa de Lópes Méndes (15 reales) y otro más completo que incluía visitas a Lagoa Azul, Freguesía de Santana y parada en Japaríz para comer, elegimos este último porque nos llevaba a diferentes parajes y ocupaba todo el día. Tras un pequeño regateo lo obtuvimos por 35 reales dos personas (6 euros por persona). El “passeio” vale su precio y bastante más, una linda embarcación típica de la zona, escuna, nos condujo por el Mar de Dentro a la hermosísima Lagoa Azul, donde practicamos el buceo libre, visitamos playas de arena dorada, recorrimos a través de senderos los espectaculares bosques de la isla y comimos unas sabrosas gambas en plena Praia Japariz, por apenas 5 euros con cervezas incluidas. La climatología nos respetó.

 

De vuelta al pueblo al anochecer, nos dimos cuenta de que por Abraao en temporada baja no hay mucha animación. Después de cenar una sabrosa caldeirada de pescado que parecía servida para 5 personas, dimos un paseo por la zona antes de retirarnos.


El jueves por la mañana teníamos que embarcar en el ferry en dirección a Angra dos Reis a las 10 de la mañana, desde donde los autobuses salían cada hora hacía Río, dejábamos Ilha Grande bastante apenados, nos hubiera gustado hacer alguna inmersión con botella, visitado las playas de Dois Ríos, Aventureiro o Lopes Mendes y realizado completa alguna de sus famosas trilhas (senderismo). La fantástica combinación de un bosque (“mata atlántica”) fenomenalmente conservado, las hermosas escunas que surcan sus aguas y unas playas tan bellas como diferentes, nos causaron una estupenda impresión, a pesar de haber pasado de puntillas por la isla. Llegar a Ilha Grande había merecido la pena.


Atracamos en el puerto de Angra sobre las 11,30 y como todavía nos quedaba tiempo, buscamos un restaurante para dejarle el equipaje mientras dábamos un paseo por la ciudad, antes volver al mismo para comer. Angra no es un lugar muy interesante, un puerto pesquero y sobre todo deportivo de cierta importancia, muchas tiendas que delatan una elevada afluencia turística en la temporada alta y un pueblo que se extiende por calles empinadas hacia el interior. Pasmamos un poco, comimos en un lugar de comida a kilo y sin prisas esperamos el bus de Río de las 3 de la tarde, que nos habían asegurado pasaba por el centro de la villa. Pasaba el tiempo y el bus no llegaba, hasta que nos dicen que a veces no pasa por el centro pues no es parada obligatoria, de modo que teníamos todas las papeletas para perder el vuelo de Foz ya que el bus de las 4 de la tarde, llegaba a Río a las 7 y el avión despegaba a las 8. En una hora en Río no teníamos tiempo material para trasladarnos de la rodoviaria al aeropuerto, recoger una maleta que habíamos dejado en la consigna y facturar.

 

Nos informan que unas Vans, recogen gente en la carretera general y hacen traslados a Río, tomamos un taxi que por 11 reales nos llevó a la “parada” de estos colectivos y allí por 15 reales cada uno conseguimos que nos trasladasen a Río. He viajado con toda tranquilidad en vans por varios lugares del mundo, aquella no ofrecía muchas garantías pero debíamos elegir entre pagar 200 reales a un taxi o hacer el trayecto allí dentro. El conductor no sólo nos llevó a Río media hora antes que el bus, sino que antes de entrar en la estación de autobuses y viendo el poco tiempo que teníamos para coger el avión paró prácticamente en el medio de la calzada,  llamó a un taxi y nos empaquetó junto con nuestros lotes hacía el aeropuerto. Pagamos 17 reales al taxi y llegamos a Galeao con el tiempo necesario para no perder el avión.