ESTADO DE PERNANBUCO
Recife y Olinda
Llegamos sobre las 4 de la tarde del domingo 14 a Recife, la VARIG puso a disposición de los cuatro pasajeros afectados por la pérdida del vuelo, dos pases de taxi, habitaciones en el Holiday Inn situado en la playa de Boa Viagem y los respectivos vales de cena y comida en el hotel.
No teníamos ni idea de que hacer en Recife, aunque obviamente no nos contentábamos con quedarnos un día tirados en un hotel. Nos olvidamos de las incidencias sucedidas e ideamos un programa para el escaso tiempo de permanencia en la capital pernanbucana. El resto del día le tomaríamos el pulso a la ciudad y la mañana siguiente la ocuparíamos en una vista a Olinda.
Desde el avión Recife nos había parecido una gran ciudad, no en vano ronda los tres millones de habitantes, aunque no llega a abrumar como Sao Paulo que parece no tener fin. Destacan los grandes edificios que se extienden por la costa durante varios kilómetros, esa imagen aérea se corresponde con larga playa de Boa Viagem y su “orla” donde estaba situado nuestro hotel, un edificio impersonal con un ascensor exterior a pocos metros de la playa, el típico hotel de 4 estrellas de cadena multinacional, con unos cuantos años de rodaje.
Salimos cuando ya había comenzado a anochecer y nos dimos un buen paseo por la interminable aunque poco paradisíaca Boa Viagem (más de 15 kms. de extensión). Se sucedían parejas de adolescentes, partidillos de fútbol-playa y algunos carteles anunciando que el baño estaba prohibido por el peligro que suponían los tiburones.
Nos cansamos de caminar hasta que después de recorrer unos 4 o 5 kms. llegamos a la zona de Bom Pina, era domingo y no había demasiado ambiente, no obstante comenzamos a sentir la tremenda amabilidad de la gente nordestina, su sencillez y su alegría. Comimos una buena maminha (600 gramos para dos) con 4 caipirinhas y pagamos menos de 6 euros, Recife nos dio la impresión de ser muy barato.
Seguimos un rato más por la zona, para luego tomar un taxi que nos llevase al Recife Antigo, y la zona de Bom Jesús. Tampoco aquí había mucha animación, unos cuantos turistas ocupaban alguna que otra mesa en las terrazas de la zona presidida por estupendos edificios coloniales, la mayoría en un estado de conservación bastante deficiente. A las 10 todo estaba cerrando y un taxi por 8 reales nos llevó de vuelta al hotel.

La mañana del lunes nos levantamos temprano y viendo como caía el diluvio universal, nos pertrechamos con los chubasqueros que habíamos comprado para enfrentarnos a las cataratas de Iguazú. Algunas calles estaban inundadas y en una parada de bus esperamos estoicamente media hora a que llegase el urbano nos debía acercar a Olinda.
Recorrimos unos 7 u 8 kms. hasta el centro de Recife y de allí, otros tantos hasta la Praza do Carmo en Olinda. Al llegar a la zona histórica de Olinda un grupo unos 15 guías se abalanzó sobre nosotros ofreciéndonos sus servicios y advirtiéndonos de los peligros que corríamos si no éramos guiados por ellos. Sorteamos como pudimos aquel aluvión y nos encaminamos al Convento de San Francisco.
Efectivamente una favela se encuentra muy cerca de la zona histórica de la cidade alta, pero no es menos cierto que el turista puede sentirse seguro al estar la zona poblada de policía. Los caros equipos de fotografía de último modelo campaban a sus anchas por las empinadas calles de la ciudad, sin que los faveleiros tuvieran la más mínima oportunidad ante la presencia disuasoria de las fuerzas del orden. Visitamos el Convento de San Francisco, primer convento de la Orden en Brasil y un par de edificios más, recorrimos la decadente zona histórica para tres horas más tarde y con cierta sensación de decepción tomar un taxi que por 12 reales nos devolvió al hotel.
Dejábamos un día espantoso en Recife con un nuevo retraso de una hora en el vuelo de Noronha, rezábamos para que la climatología se presentase bien distinta en las islas.
Fernando de Noronha
Noronha nos recibió con un día despejado. Antes de aterrizar fuimos obsequiados con un paseo aéreo alrededor la isla muy de agradecer. Habíamos realizado unas llamadas a las pousadas que teníamos seleccionadas desde el aeropuerto de Recife, estaban todas “lotadas” (llenas).
Agosto es un mes de baja-media ocupación en Noronha, o mejor dicho lo era, la isla estaba a tope y la culpa la tenía la avalancha de italianos que habían descubierto aquel paraíso. Como habíamos realizado el pago del impuesto ecológico por Internet (unos 10 euros día y persona), tuvimos cierta ventaja sobre los otros pasajeros ya que pudimos sondear los precios, mientras los demás se desesperaban en la interminable fila.
No teníamos ganas de perder mucho tiempo, así por 150 reales por noche contratamos la pousada Alewafi, con la condición de que si queríamos cambiarnos el primer día deberíamos pagar 170, lo que hicimos la mañana siguiente al considerarla un poco alejada. Después de dejar los bultos nos fuimos a pegar un baño a la cercana Praia do Boldró, donde contemplamos una bella puesta de sol.
Anochecía demasiado rápido en Brasil, a las 6 comenzaba a meterse el sol, los días eran cortos y había que saborearlos al máximo, en Noronha los relojes señalaban una hora menos pero el efecto era prácticamente el mismo o peor pues la isla no se distinguía por su excesiva animación nocturna.
En la pousada nos sentíamos un poco sitiados, estaba distante de cualquier pequeño núcleo de población lo que aprovechaban los dueños que habían montado una pequeña agencia y trataban de exprimir a tope a todos sus clientes, nos dimos cuenta de la jugada y salimos de allí a buscarnos la vida.
Los precios ya de por si altos en la isla, estaban por las nubes pero nuestra estancia se había recortado y no podíamos andarnos con remilgos, así que contratamos con Naonda por 70 reales por persona el inevitable passeio para la tarde del miércoles, el buceo con Aguas Claras por 210 reales por persona para la mañana del jueves y dos noches en la Pousada Helena por 125 reales cada una. Una vez resuelto todo, cenamos en el Flamboyant –un buffet decente-, donde repetiríamos dos veces más, por 6 euros cada uno.
La mañana siguiente nos despertamos temprano y tras hacer el traslado de pousada decidimos coger el bus camino de la Praia do Sancho, considerada la mejor playa de Brasil. Hasta ese momento la isla no nos había mostrado nada especial, visitamos en una buena playa, O Boldró, pero no espectacular. Las comparaciones eran inevitables: la selva de Ilha Grande era mucho más interesante que la flora de Fernando de Noronha, la Vila dos Remedios y sus pousadas no merecían ni mucho menos haber cruzado el país de punta a punta.
Comentábamos nuestras impresiones con una pareja de Porto Alegre, que iba a hacer senderismo por la zona y que nos acompañó casi hasta el acantilado desde el que se contempla O Sancho. Se despidieron con una sonrisa diciéndonos que no nos íbamos a sentir defraudados.
Desde el borde del acantilado se conseguía una preciosa perspectiva de la playa, su singular orografía, su arena blanca, el maravilloso color de sus aguas era algo que las fotografías de la isla que habíamos visto no habían podido captar en su plenitud. Sabíamos que el acceso por tierra era complicado pero cuando vimos un agujero de apenas 1 metro de diámetro que no era otra cosa que el orificio de salida de una chimenea vertical que tenía adosada una escalera metálica por la cual había que bajar para salvar los 50 metros de desnivel hasta la playa, las cosas se pusieron feas.
La bajada se hacía en realidad en dos tramos de chimeneas verticales y un tercero de escaleras esculpidas en la roca, no era un camino de rosas, pero la recompensa merecía la pena. Una vez que bajamos hasta la arena, la playa casi desierta parecía todavía más impresionante y llegando a la orilla el espectáculo se hacía único: rayas a dos palmos de profundidad, multitud de hermosos peces, el agua en unas tonalidades azuladas asombrosas. Sumergirse con unas simples gafas de buceo en Praia do Sancho es algo antológico.
He estado en alguna de las mejores playas del mundo con estupendas aguas transparentes, pero meter la cabeza bajo el agua con unas simples gafas de buceo en O Sancho y percibir esa visibilidad incomparable me uso la piel de gallina, sentí hasta vértigo. Uno de esos momentos que por inesperados, no se borrarán jamás de la memoria. Estuvimos unas 3 horas en el agua, fuimos nadando 150 metros mar adentro hasta los bajos tal y como nos habían aconsejado en el centro de buceo Aguas Claras. No se puede describir con palabras aquella maravilla.
El paso terrestre hacía la playa vecina (Bahía dos Porcos), considerada la segunda mejor playa de Brasil estaba cortado, así fuimos bordeando a nado el saliente que las separa contemplando de camino unos fondos marinos impresionantes poblados de cardúmenes de peces, tortugas y vistosos corales para llegar a la pequeña y resguardada Bahía dos Porcos, donde las rocas forman llamativas piscinas naturales, deliciosos estanques de agua salada increíblemente transparente poblados de llamativos inquilinos. Volvimos a O Sancho exhaustos para disfrutar un poco de la playa antes de retornar.

Apenas nos dio tiempo a comer un tentempié, nos venían a recoger a la pousada para llevarnos al Porto de Sao Antonio donde un barco que nos llevaría a hacer un recorrido por todo el Mar de Adentro de Noronha. Todo el mundo recomienda esa excursión como algo ineludible, tuvimos la oportunidad de avistar un montón de delfines rotadores que nadaron a la par del barco durante la jornada. El paseo que además incluye una parada para el buceo libre en la Praia do Sancho es interesante, pero después de haber tenido casi para nosotros solos la mejor playa que jamás habíamos pisado, compartirla con 50 personas más y varias embarcaciones es algo sustancialmente distinto.
La pousada Helena no pasará a la historia por la amplitud de sus habitaciones, ni por sus espectaculares instalaciones, pero desde el primer momento entre nosotros y su marido Cafú existió gran complicidad, él nos aficionó a las latas de cachaça Pitú que compraba en el bar cercano y juntos entre caipirinha y caipirinha matábamos el tiempo cuando la noche caía para disgusto de la Jefa.
En nuestra segunda mañana en Noronha hicimos buceo con botella en dos puntos del norte del archipiélago. Los tipos de Aguas Claras son unos óptimos profesionales que cuentan con equipos nuevos y de calidad y con embarcaciones a la altura de lo esperado. Las inmersiones que hicimos con ellos fueron las únicas que disfrutamos en Brasil, ya que entre el día perdido en Recife que no nos permitió hacer el doblete en Noronha y las pobres condiciones de visibilidad del Brasil continental no pudimos disfrutar de una segunda inmersión.
Noronha está considerada con justicia una de las mecas del buceo mundial, sin sobrepasar apenas los 20 metros y con una visibilidad que puede llegar hasta 50 metros, disfrutamos de la presencia de hermosos ejemplares de tortugas, barracudas, rayas y hasta tiburones, bellas grutas pobladas de grandes cardúmenes, varias especies de corales…un paraíso subacuático. La gente de Aguas Claras también nos asesoró sobre otros lugares interesantes de la isla para el buceo en apnea, así que por la tarde tras comer unos “sanduiches” nos dirigimos haciendo auto stop hacia la zona de Mar Afora.
Visitamos primero la Praia do Leao, hermosa playa salvaje, sembrada de rocas volcánicas, de arena dorada, aguas transparentes que no obstante golpean con fuerza en la orilla. Está considerada como una de las mejores playas de Brasil y completa junto con O Sancho y la Bahía dos Porcos la tripleta mágica del litoral de Fernando de Noronha. Recordaba a las playas gallegas de mar abierto con esa brisa cálida de los días de sol que tuesta al más pintado. Terminamos la tarde buceando en la Enseada do Sueste, lugar de observación de tortugas.

Nuestro último día en Noronha tiene tintes agridulces. Tratamos de aprovechar las pocas horas que nos quedaban en aquel alejado paraíso visitando el Forte de Sao Pedro, antiguo bastión de la isla, protegido con cañones que todavía poblaban sus ruinas. De allí seguimos en dirección al Porto de Sao Antonio, donde teníamos previsto explorar el pecio que se encontraba a escasos metros de la entrada del puerto.
Dejamos una pequeña mochila con nuestras pertenencias al amable encargado del puerto que nos indicó la forma adecuada de llegar nadando al pecio sin correr peligro de ser abordados por alguna embarcación despistada. Algunas agencias cobraban por ofrecer a los turistas un paseo guiado hasta los restos del barco hundido, pero nos habían advertido que no tenía ninguna dificultad para un nadador medio llegar al punto de buceo.
El barco está alojado a una profundidad de entre 5 y 10 metros, perfectamente accesible para una persona que practique el buceo con apnea, explorarlo supuso para nosotros el broche de oro en Noronha. Causa sorpresa que a apenas cien metros de la orilla de la playa cercana al puerto, el mar esconda semejante tesoro. Un gran barco griego colonizado por corales, tortugas y una amplia variedad de peces de todos los tamaños, en unas aguas cálidas y con una visibilidad que sin llegar al nivel de la praia de Sancho resulta fuera de lo común. Es de imaginar que después de disfrutar de aquel paraíso nos fuese bastante duro abandonarlo. Saboreamos una última caipirinha a la Praia do Cachorro antes de irnos.
Dejamos la isla, para comenzar la última etapa de nuestro viaje, una experiencia de 9 días por el Estado de Bahía, que recorreríamos desde la capital Salvador hacia el sur, casi en el límite ya con el Estado de “Espírito Santo”.




