Así como en otros relatos publicados en esta página hemos puesto especial énfasis en datos prácticos que pudiesen resultar útiles a futuros viajeros, ahora como no vamos a descubrir nada nuevo, nos hemos centrado en nuestra vivencia personal, en el impacto que nos produce el contacto con la realidad cubana y en definitiva en aportar nuestra visión personal y subjetiva de la isla.
Sábado 29 de diciembre. Llegada a La Habana
Los vuelos de Santiago a Madrid y Madrid La Habana se desarrollan con normalidad y cumplen los horarios. La comida de Iberia como es habitual variadísima: pollo o paella (de pollo, claro).
Es de noche cuando salimos de la terminal del aeropuerto, pero se impone una temperatura agradable. Hay una larga hilera de taxis que recorremos buscando un precio aceptable. Los taxistas comienzan pidiéndonos 25 o 30 CUC y a medida que los alejamos de la salida de la terminal las pretensiones bajan hasta 20 CUC, cuando uno acepta 15 CUC subimos al coche.
En el trayecto que nos lleva al centro no perdemos detalle de las imágenes que se suceden. Cuba es un país que provoca reacciones muy diversas y contradictorias, como realmente no sabemos que efecto va a causarnos, estamos expectantes intentando formarnos una primera impresión que desvanezca dudas e interrogantes.
Para nuestra estancia en la ciudad hemos escogido Casa Migdalia casamigdalia@yahoo.es, una casa particular situada al lado del Convento de Santa Clara, a menos de cien metros de la Plaza Vieja en pleno corazón del barrio Habana Vieja. Conectamos vía email con un mes de antelación, acordando el precio de la doble en 30 CUC por noche. Migdalia se irá descubriendo como una persona agradable, accesible, seria y muy formal. Su casa es una buena parada en la mejor zona de la ciudad. Otras casas gozan de gran reputación, pero seis semanas antes de nuestro viaje estaban completas para navidades. Recomendamos reservar con bastante antelación si el viaje coincide con la temporada alta y queremos alojarnos en el barrio histórico.
Migdalia nos explica que para la primera noche la habitación disponible es menor que la que pretendía asignarnos y que por lo tanto pagaremos un precio menor: 25 CUC, mañana nos pasará a la habitación grande con balconada (30 CUC).
El cansancio acumulado no impide una primera toma de contacto con la noche habanera. Un par de cañas en la acogedora terraza de La Muralla al ritmo de los sones que interpreta el quinteto y los primeros mojitos en uno de los pocos locales que queda abierto a estas horas cerca de La Bodeguita, dan por clausurado el inicial escarceo que augura grandes momentos.
Domingo 30 de diciembre. Habana Vieja y playa de Santa María del Mar
La luz del día expone a nuestros ojos la descarnada realidad que la noche ayuda a esconder. Las que fueron lujosas casas y residencias de familias influyentes presentan un pobre estado de conservación, sobreviven con dificultad el medio siglo de Revolución poco benevolente con sus cansadas fachadas.
El panorama cambia de forma radical dos cuadras más adelante cuando llegamos a la Plaza Vieja, una de las cuatro plazas históricas de la ciudad que forma parte del sector favorecido por las obras de rehabilitación acometidas en los últimos años. Suntuosos edificios y palacios han recibido una delicada puesta a punto que ha sacado a relucir su indudable majestuosidad.
Un hermoso día acompaña nuestro deambular por los hitos más importantes de la ciudad. Camino de la Plaza de Armas, escudriñamos lujosos palacetes ahora reconvertidos en hoteles, cafés y restaurantes destinados a turistas. Visitamos el Palacio de los Capitanes Generales, que hoy acoge al Museo de la Ciudad (3 CUC), donde en torno a un fabuloso patio interior porticado se distribuyen las distintas salas de exposición que albergan una heterogénea colección que abarca desde muebles y finas porcelanas, hasta calesas y trofeos de caza de Fidel traídos de Siberia o Canadá.
Mientras disfrutamos del sol mañanero en la bahía de La Habana, un jubilado entabla conversación y nos describe los puntos de interés del otro lado de la ensenada. Continuamos en dirección a la plaza de la Catedral, dominada por la imponente fachada barroca, campo de trabajo de una buena parte de los buscavidas de la ciudad.
Comienza a ser trabajoso desembarazarse de los jineteros: intentan llevarnos a un local donde dicen que se celebra el aniversario de la muerte de Compay, ofrecen puros, paseos en carruajes y todos quieren ser amigos nuestros e invitarnos a cenar con su familia la noche de fin de año. Cuando dan la batalla por perdida, intentan arañar alguna propina.
Recorremos la calle Obispo en dirección al colosal Capitolio, réplica de la Casa Blanca, que domina el barrio de Centro Habana. Antes de comer intentamos entrar en el desbordante edificio neobarroco del Centro Gallego (cerrado hasta el día 3) que testimonia la influencia y la enorme importancia que cobró la comunidad gallega a principios del siglo XX.
De la misma época y de estilo arc deco es el Edificio Barcardi, su mirador (2 CUC) es una inmejorable plataforma para comprender la disposición de la ciudad.
Al frente y mirando hacia el Malecón y el océano surge el Museo de la Revolución, hacia la izquierda aparecen las destartaladas azoteas de las casas de Centro Habana, más al fondo grandes edificios dominan el barrio de Vedado, la zona residencial surgida a mediados del siglo pasado.
De espaldas al mar vemos los barrios periféricos, como El Cerro y la zona del parque Lenin. Hacia la derecha, el aspecto de la Habana Vieja a vista de pájaro no es demasiado seductor pero una esperanzadora mancha de tejados restaurados y fachadas pintadas de colores pastel resalta sobre el gris panorama de edificios ruinosos.
Nuestra intención es regalarnos una comida en la Cocina de Liliam, el restaurante más reputado del país, situado en el barrio de Miramar. Cuando llamamos para reservar mesa nos informan que permanecerá cerrado durante nuestra estancia en la ciudad, así que recurrimos al recomendado Los Nardos, ubicado en el Centro Asturiano, justo en frente del Capitolio.
En un ambiente de penumbra nos sirven una comida aceptable. Las raciones son demasiado grandes, una es suficiente para dos personas. Sin saberlo pedimos dos primeros, dos segundos y tenemos que dejar más de la mitad de la comida en el plato. Los cubanos tampoco pueden terminar las pantagruélicas raciones y marchan con el resto en un tapper. Acompañamos todo de unas Bucanero (cerveza nacional) y pagamos 30 CUC.
Antes del viaje, consultamos las predicciones meteorológicas que no auguraban buen tiempo para los últimos días de nuestra estancia, hoy que el sol nos brinda un hermoso día lo aprovechamos para acudir a las Playas del Este.
Cogemos un Panataxi (15 CUC) en la plaza de San Francisco que nunca se me olvidará. No sé realmente como ocurrió. Llevo la cámara en la mano, cuando salimos del taxi un chico que entra me indica que unas monedas me han caído en el asiento. Las recojo y continuamos en dirección a la playa. En menos de un minuto nos damos cuenta de que nos falta la cámara de fotos.
En un momento del trayecto seguramente la he dejado en el asiento. Lo más grave es que al recoger las monedas inexplicablemente me pasa desapercibida. Resulta incompresible, pero entre el jet lag y las pocas horas de sueño estoy bastante atontado.
Queda la remota esperanza de que nos haya quedado en la habitación, que pocas horas después se desvanecerá, también las posibilidades de localizar al taxista a pesar de las gestiones, sin muchas ilusiones la verdad, que hacemos hasta el final de nuestra estancia.
Este estúpido despiste nos amarga la sesión de playa, pero nos prometemos olvidar el incidente y continuar disfrutando del viaje. La playa de Santa María supera lo esperado; a pesar de contar con zonas plagadas de sombrillas, vendedores, jineteros y turistas, se extiende por franjas desiertas y alejadas del bullicio. Quizás no responda a la imagen de playa paradisíaca pero sus cálidas aguas turquesa y las palmeras que la flanquean le dan una impronta genuinamente caribeña. Un baño nos sirve de revulsivo, ayuda a espabilarnos y a dejar atrás el mal trago.
Regresamos a la ciudad con un taxista pirata, un conductor de autobús que intenta obtener un sobresueldo con el que sacar adelante a su familia los días libres. Pagamos 10 CUC.
Al anochecer nos dejamos caer por los bares de la Habana Vieja. No podemos resistirnos a la inevitable Bodeguita de en Medio (mojito bastante mediocre 4 CUC). En nuestra búsqueda de un lugar para pasar el Fin de Año nos acercamos a la plaza de la catedral donde se celebra un ensayo del espectáculo de Nochevieja (120 CUC con cena y barra libre incluida). Desde la terraza de restautante El Patio observamos el show a medio camino de la revista musical y la danza que, sin discutir la calidad de los bailarines, nos aburre soberanamente.
Cuando regresamos para acostarnos nos topamos con otro ensayo está vez en el restaurante David, de la Plaza Vieja. El escenario y las mesas de clientes están acordonados, pero ese delgado cordón no impide que la música del Buena Vista Social Club deleite a toda la plaza. Parejas de habaneros bailan al ritmo del mejor son cubano, también los extranjeros son atraídos por la música de la legendaria banda. Si había alguna duda acerca de nuestro flechazo con La Habana, queda disipada en esos momentos.
Lunes 31 de diciembre. Centro Habana y Vedado. Nochevieja
La Habana manifiesta en multitud de detalles, a veces incluso surrealistas, que es una ciudad verdaderamente singular e irrepetible. Cuando al filo del amanecer escuchas por primera vez el canto del gallo crees que estás soñando, cuando el canto se convierte en coral, caes en la cuenta de que los sonoros cacareos son muy reales, provienen de los edificios de viviendas donde conviven humanos y un variado catálogo de animales domésticos. El habanero aprovecha todos los recursos a su alcance para sacar adelante la familia, haciendo suyo el lema del Comandante “Derroche Cero”.
Cualquier producto proveniente de la economía capitalista es oro; un artilugio electrónico un tesoro, un juguete el sueño de cualquier niño, una humilde camiseta un objeto de deseo para el adolescente. Las cosas tienen otro valor en un día a día marcado por la estrechez y la necesidad. Nada se desperdicia, nada se tira, todo se aprovecha.
La escasez material no puede frenar la avalancha de alegría, simpatía, música y sensualidad derrochada a raudales y que contagia al visitante. Desde primera hora de mañana el ambiente festivo del día de fin de año invade las calles de La Habana Vieja. Los más impacientes salen bien temprano hacia las playas, botella de ron en mano.
Hemos decidido desayunar fuera, el desayuno de la casa es caro (4 CUC por persona) y no ofrece nada extraordinario. Tomamos un café solo en un local para cubanos llamado El Cubano, está sublime y tan sólo cuesta 1 peso cubano (4 céntimos de euro). Justo enfrente tenemos el Museo del Chocolate, este local sí que es para turistas, el chocolate caliente es muy bueno y lo sirven con pastas (cuesta sobre medio euro), al salir compramos bombones que devoramos mientras decidimos donde pasar la Nochevieja.
Seguimos por Obispo hasta llegar al Parque Central, para conocer algunas de las joyas del barrio Centro Habana, con una parada en un puesto al aire libre para cubanos en la calle San Rafael donde nos relajamos con el primer cubalibre del día.
Intentamos sin éxito visitar la fábrica de Tabacos Partagás, está cerrada y sólo podemos entrar en su tienda. Doblando hacia El Malecón por Prado buscamos el hotel Sevilla, hotel de época con una arquitectura de inspiración nazarí, centro en su momento de la vida social de la capital.
Por tres CUC un cocotaxi nos lleva a Vedado, barrio que alberga el hotel más deslumbrante de la ciudad: el Nacional. Lujosos salones aún conservan la esencia de los tiempos dorados, los jardines con vistas al Malecón son ideales para dejar que el tiempo pase despacio.
Para comer seleccionamos Los Amigos, un paladar con bastante renombre y predominio de la clientela cubana. Probamos la pasta, acompañada de unas Bucanero y pagamos 20 CUC (8 euros por cabeza). No salimos demasiado contentos de la comida.
Reservamos la visita a la heladería Copelia para el momento del postre. En estas fechas mantienen servicios mínimos pero conseguimos probar sus famosos helados.
Vedado es un barrio de amplias avenidas en pendiente orientadas hacia el mar, más habitable que Centro Habana y más relajado que la zona histórica pero a mi modo de ver algo anodino. Recorremos algunos locales interesados por la programación de Fin de Año o con el simple propósito de tomar un mojito antes de caer al Malecón.
Caminamos durante varios kilómetros por el famoso paseo observando como las fachadas de lujosas residencias con vistas al mar del barrio Centro Habana, mal apuntaladas, luchan por mantenerse en pie testimoniando un fastuoso pasado, el difícil presente y un incierto futuro.
Esa estrecha separación entre la grandeza y la miseria, el lujo y el derrumbe, la añoranza del esplendor de tiempos pasados mezclada con un exhibición de vitalidad y colorido arrollador le otorgan a la ciudad la pócima mágica que rinde irremediablemente a sus pies a cualquier visitante con una pizca de sensibilidad.
Comienza oscurecer cuando alcanzamos La Habana Vieja, pero aún tenemos tiempo de saborear el enésimo mojito en el Museo del Ron antes de prepararnos para la noche de Fin de Año.
Es la primera vez que pasamos la Nochevieja lejos del invierno europeo, una antigua aspiración que hoy vamos a ver cumplida en un escenario muy apropiado. Un creciente rumor festivo enormemente contagioso invita a la diversión. El habanero vive el momento, quiere olvidar sus problemas y celebrar su propia felicidad.
Tardamos un mundo en llegar a casa Migdalia, allí nos paran, aquí nos invitan a beber brebajes insanos o nos dejamos llevar por la música que fluye por todas las esquinas. La fiesta ya ha empezado. La temperatura ambiental no desentona con el calor emocional que se respira en las calles.
Tardamos pocos minutos en tomar una ducha y salir otra vez al ruedo, recorremos locales de la Habana Vieja que vibran con los ritmos más calientes. Aunque tenemos una reserva para cenar en un local de Vedado, el Gato Tuerto, el ambiente que se respira en lugares como la Lluvia de Oro, hace que nos planteemos seriamente nuestro futuro inmediato.
Finalmente cogemos un coco taxi que nos lleva al Vedado (4 CUC). La cena (30 CUC persona) en la terraza con vistas al Malecón acompañada con música de piano no defrauda, la comida a base de pescado con mariscos raya a gran nivel, pero poco a poco el cansancio acumulado va haciendo mella. Cuando bajamos al club de música nos encontramos con un tío que canta divinamente boleros, pero que hace que nos durmamos...hoy necesitamos otro tipo de ambiente.
En el Gato Tuerto, se portan fenomenal, cuando decidimos marcharnos nos devuelven 10 CUC del importe de la entrada. Pronto encontramos un taxi que nos devuelve al bullicio callejero.
Seguimos la fiesta hasta altas horas, frecuentamos los garitos más concurridos y nos mezclamos con los grupos que se divierten al aire libre, en plena calle, donde retumba la música que sale de las entrañas de las casas.
Martes 1 de enero. Más La Habana y Playas del Este
Hoy empieza el año 50 de la Revolución, cuarenta y nueve años atrás las fuerzas revolucionarias doblegaban las defensas de la capital y se hacían con el poder. Varias películas americanas recrean el suceso dramatizando el momento en que tropas del Comandante irrumpían en los lujosos salones de baile que celebraban la llegada del nuevo año. Era el comienzo de una nueva era.
Por estado de las calles tras las fiesta de la nochevieja, podría pensarse que aquellas tropas que cambiaron irreversiblemente la historia del país hace casi medio siglo, han vuelto a invadir anoche por la ciudad.
Paseamos entre el silencio y el desorden hasta que damos con la Dulcería Santa Teresa, próxima a la Plaza de Armas donde desayunamos unos dulces y unos zumos y pagamos menos de dos euros a pesar de que la camarera nos hace mal la cuenta. Lo pasamos por alto, no merece la pena molestarse por unos céntimos.
Nos sucede en otro detalle parecido en un café donde nos cobran el doble que ayer. Le pregunto con ironía al camarero si es que han doblado los precios por el cambio de año y él todo digno me responde: "No es que este café es más fuerte". Me ha sableado cuatro insignificantes céntimos de euro y ha estado muy ocurrente, así nos reimos del detalle sin darle más importancia de la que tiene.
Pasamos el día de Año Nuevo en la playa, otra vez en Santa María del Mar, llegamos en un Panataxi (15 CUC), alquilamos unas tumbonas y nos dedicamos a vaguear aprovechando el espléndido sol entre una fauna bastante curiosa donde predomina el turista italiano, sobre todo masculino que intima con bastante facilidad con las jóvenes cubanas.
Al atardecer regresamos en un taxi pirata (12 CUC), un Skoda de antes de la Revolución que parece que se va a caer a trozos por la autopista.
Habíamos previsto salir hoy hacia Trinidad, pero optamos por permanecer una noche más para evitar el tener que conducir tras la caída de sol.
Como la agencia nos obliga a recoger hoy el coche de alquiler, nos vemos obligados a encontrar un lugar seguro para dejar el vehículo hasta mañana, no hay problemas para localizar cerca de nuestro alojamiento un aparcamiento estatal que cobra un CUC. También tenemos que desplazarnos para recoger el coche a las oficinas de Cubacar situadas enfrente al Meliá Cohiba en el barrio del Vedado, nos lleva un taxi pirata (3 CUC).
Solucionado el asunto de vehículo y después de un merecido descanso volvemos otra vez al ruedo con la misión de despedirnos de la ciudad.
Saliendo por la calle Santa Clara hacia la dársena, tropezamos por casualidad con un garito bastante genuino llamado Dos Hermanos; aunque está prácticamente vacío, atraídos por la buena onda de la banda y la estética prerrevolucionaria que combina suelos de cemento pulido, con mobiliario negro americano que parece sacado de una película de cine negro, nos sentamos y pedimos un trago. El barman, un negro ancho, rapado al cero, de sonrisa fácil prepara con destreza estupendos mojitos (2 CUC) y acentúa el aire clásico del local. Me descolocan estas sorpresas que nos depara La Habana, nada es producto del marketing, no hace falta recrear una atmósfera para trasladarnos a la Cuba de los años cincuenta, existe y de forma espontánea podemos sumergirnos en el túnel del tiempo.
Una cena en la terraza interior del restaurante Hanoi (15 CUC dos personas) nos da fuerzas para un último recorrido por los bulliciosos bares de la Habana Vieja: café Paris, La Mina y por supuesto el vibrante Lluvia de Oro.
Cuando atravesamos la Plaza Vieja por última vez nos damos cuenta que antes de abandonar La Habana ya la estamos extrañando...
Miércoles 2 de enero. Cienfuegos, Trinidad.
Las sábanas se nos han pegado más de lo previsto y arrancamos pasadas las nueve. La ciudad carece de indicaciones y salir en la dirección correcta es como encontrar una aguja en un pajar. Cuando enganchamos la Autopista Nacional, paramos a uno de los muchos autoestopistas que hacen botella para que nos de un poco de conversación, pero nos toparmos con el único cubano callado que existe...el hombre es un mar de silencio.
Enseguida conseguimos una media de velocidad aceptable. El Hyundai Atos apenas tiene motor, pero lanzado alcanza los 120 km./h. sin dificultad. Como su apelativo indica (ochovía) la autopista tiene cuatro carriles en cada sentido, encontramos algunos baches pero su estado es aceptable. La conducción es cómoda porque apenas circulan coches, aunque nos vemos obligados a adelantar por izquierda y derecha y estar alerta con algún animal o vehículo lento que podamos encontrarnos.
El paisaje es realmente bello, las elegantes roystoneas despuntan en las suaves lomas cubiertas de verde mientras delgadas nubes alargadas en el horizonte azul terminan componiendo la clásica estampa del campo cubano. Plantaciones de cítricos, caña y algunas granjas se alternan en el paisaje.
Dejamos la autovía que sigue hacia el Oriente cuando alcanzamos la provincia de Cienfuegos, tomando una secundaria que por el sur enlaza con la ciudad de Cienfuegos.
Poco después del mediodía llegamos a la “perla del sur”. Dejamos el coche en el parque José Martí, donde se concentran los edificios más importantes de la ciudad: palacio provincial, catedral, museos...
De aire señorial, calles bien alineadas flanqueadas por casonas coloniales de columnas pintadas de blanco y fachadas en tonos pastel, Cienfuegos posee uno de los conjuntos arquitectónicos más armoniosos y mejor conservados de la isla, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Sus habitantes son amables y hospitalarios y en sus calles se respira el ambiente tranquilo y acogedor de una ciudad de provincias. Comemos por 14 CUC (11 euros) dos personas en el restaurante Doña Yulla incluyendo unos mojitos; comida algo floja.
El postre lo tomamos en una sucursal de la Copelia de La Habana, esperando con el resto de clientela cubana en la calle Prado a que se abran las puertas de la heladería.
Mientras paseamos por el parque Martí entablamos conversación con un grupo jubilados, intrigados por el excelente aroma de sus puros les preguntamos de donde proceden.
Al escuchar la palabra “puros” un jinetero aparece en escena y es separado por uno de los señores, que nos indica que lo sigamos. Nos conduce dos cuadras más allá a casa de una mulata que vende puros y que asegura haber recibido una remesa de cigarros frescos. El hombre nos pregunta que cuántos vamos a comprar, un poco sorprendidos y sin preguntar el precio pedimos veinticinco. El asiente e informa: “son a peso”. Claro que no sabemos si cubanos o convertibles (25 pesos cubanos=1 peso convertible o CUC) y le preguntamos si podemos pagar con pesos convertibles…sonríe y concreta “son pesos cubanos”.
Nos miramos impasibles y pedimos veinticinco más, de los cuales le damos la mitad a nuestro acompañante, que termina por aceptarlos tras nuestra insistencia. Salimos de la casa encantados de la excelente compra de puros que luego resultarán espléndidos, por menos de dos euros el lote.
Antes de reemprender la marcha visitamos Punta Gorda. Un complejo caribeño que alterna un horrible edificio de los años cincuenta con el fastuoso Palacio de Valle de inspiración mudéjar, levantado en el siglo XIX por un nuevo rico y hoy convertido en hotel. La planta baja cubierta de lujosos bronces y mármoles alberga el restaurante donde los turistas husmean entre las mesas de molestos comensales. En una escena surrealista el pianista toca un bolero, seguido a coro por un grupo de japoneses que no para que grabar y hacer fotos a todo lo que se menea.
Tras una odisea conseguimos encontrar la carretera de Trinidad y llegamos sin quererlo a Rancho Luna, una de las playas más renombradas de la provincia. De camino subimos en el coche a un marinero que nos invita a tomar café en su casa. Se ofrece para conseguirnos unas langostas por 5 CUC y acordamos cenarlas en su vivienda.
En Trinidad visitamos un par de alojamientos y decidimos quedarnos en la casa de Norlys, por 25 CUC, tal vez regateando con más intensidad la hubiésemos conseguido mejor precio, pero estamos bastante cascados. La habitación tiene entrada independiente, es amplia, con una pequeña terraza y muy limpia, aunque dista unas cuadras del centro histórico.
El dueño de la casa se muestra sumamente complaciente, su objetivo es que todo el gasto del turista pase por sus manos. Aún no sabe que ha pinchado hueso. De momento nos dejamos llevar y nos acompaña a casa de un amigo suyo que hace buceo, también se ofrece sin costo alguno para llevarnos y traernos a la discoteca que hay en las afueras si nos pasamos de copas…y no para de alabar sus habilidades culinarias.
A la hora acordada nos plantamos en la casa del Pollo, así se llama el marinero; llevamos en una botella de albariño que nos hemos traído desde casa y que hemos enfriado en la habitación. Las langostas son gigantescas, unas piezas enormes que sacian nuestro voraz apetito.
El Pollo y su mujer nos hablan de sus aspiraciones y sueños, los de una familia de cubanos normal y corriente, nos muestran con orgullo una minicadena musical que les ha enviado la madre que trabaja de profesora en Venezuela y su frustración ante la dura realidad del país.
A pesar de que ya ha anochecido, Trinidad no puede ocultar su indudable encanto. Las empedradas calles en pendiente donde aparcan vencidos coche de época, las elegantes casas coloniales de altos techos y amplios ventanales enrejados destinadas en su mayoría a alojamientos para turistas, su exquisita plaza mayor que quizás sea la más encantadora del mundo y que alberga cada noche actuaciones al aire libre de música tradicional. Por mucho que nos cuenten, por muchas fotos que hayamos visto, Trinidad hay que verla, sentirla, es única.
A partir de las 10 de la noche la gente sale de los restaurantes y se agrupa en los puntos de diversión de la ciudad. Subiendo las escaleras de la plaza mayor se encuentra la Casa de la Música. Trinidad no sería la misma sin este local. A un extremo de la calle se encuentra el escenario al otro la pequeña barra y la terraza que se extiende hasta invadir casi por completo la vía pública dejando un pequeño espacio que es utilizado como pista de baile. Las escaleras son ocupadas por visitantes que contemplan embobados los bailes de los cubanos.
La noche está fría y necesitamos unos mojitos y cubalibres (a 2,50 CUC) para animar el cuerpo, seguimos la fiesta en la Casa de la Trova (entrada 1 CUC, copas a 2.50), el otro lugar de reunión y música en vivo de la ciudad.
Cuando volvemos a la casa observamos una escena muy reveladora y que nos dará mucho que pensar. El dueño de la casa nos aconsejó por la tarde que era recomendable que nos vigilasen el coche de noche, él ya se encargaría de hablar con unos vecinos, que normalmente cobraban 2 CUC. Retornamos sobre la una de mañana y vemos en la puerta contigua a una señora tirando de frío tratando de abrigarse con una pequeña una toalla por encima. Nos saluda sonriente y nos damos cuenta que es la vigilante, que por unas míseras perras pasa la fría noche en vela. La vida para esta gente no es de color de rosa.
Jueves 3 de enero. Área de Trinidad: valle de los Ingenios, playa Ancón.
El coche está por supuesto sano y salvo por la mañana. Desayunamos en Casa Norlys, 3 CUC por cabeza, caro para lo que ofrece. El día está feo, no llueve pero atraviesa la isla una intensa ola de frío inusual en estas latitudes, nos aseguran que incluso de noche nevó en Florida un par de cientos de kilómetros más al norte. En Trinidad no llegamos a ese extremo pero los termómetros bajaron de los 10º y ahora de mañana nos movemos en los 14 grados, una temperatura agradable para recorrer la ciudad a pie.
Atrapada entre la abrupta sierra de Escambaray y las playas del mar Caribe, Trinidad atesora un magnífico conjunto colonial. Manteniendo el difícil equilibrio entre el desarrollo turístico y la conservación de su patrimonio, los palacios se han convertido en museos o locales sociales, las casonas con elegantes patios interiores en residencias para visitantes o refinados restaurantes. Perderse por sus calles nos transporta a un lugar atemporal donde las gentes no han perdido su frescura y hospitalidad.
Las fachadas recién pintadas, las puertas bien barnizadas y los cuidados patios interiores reflejan la influencia positiva de un turismo sostenible que ha ayudado a lavarle la cara a la ciudad. Incluso las incursiones de los grandes grupos hoteleros han aportado notas positivas. Un claro ejemplo es el recién inaugurado Iberostar, ubicado en un palacete del XIX que muestra una apariencia envidiable.
Callejear, vagabundear sin rumbo fijo es la mejor manera de descubrir los rincones y las sorpresas que nos reserva el núcleo histórico fácilmente abarcable a pie por sus dimensiones. De los diversos museos que acogen las calles más céntricas entramos en el Museo Nacional de la lucha contra los bandidos (2 CUC), un monumento a la propaganda castrista cuya visita considero prescindible.
Sobre las diez ponemos rumbo al Valle de los Ingenios, conocido así por las numerosas industrias azucareras que durante varios siglos convirtieron esta provincia en una de las zonas más pujantes de la isla. Quedan hoy muestras bien conservadas de la actividad y ruinas de las antiguas haciendas están siendo recuperadas como reclamo turístico.
Otra de las grandes atracciones de la sierra que se alza a espaldas de Trinidad es el Tope de los Collantes, donde se encuentran las cascadas más espectaculares del Caribe enmarcadas en una zona de enorme belleza paisajística, pero hoy la climatología no anima mucho a buscar las tierras altas y bañarse en pozas.
A tres kilómetros de Trinidad nos detenemos en el mirador de la Loma del Puerto con bellas vistas sobre el valle. El siguiente destino es
En torno a las diez estamos como clavos en la Casa de la Música, hoy seguimos la noche en el Palenque de los Congos Reales y en la Casa de la Trova, con el firme propósito de no abandonar Trinidad sin pasar por la discoteca Ayala, enclavada en la cueva de un monte a las afueras, de la que nos han hablado maravillas. Pero el cansancio hace mella y nos retiramos sobre la una de la madrugada resignados.