Después de sobrevolar el mar Mediterráneo, de admirar desde el aire las islas griegas, de atravesar la abrupta cordillera costera que empujó a los fenicios a la conquista del Mediterráneo y de asombrarnos con el inmenso desierto de Arabia, llegamos en el avión de la Qatar Airways a la capital del pequeño y rico emirato de Qatar, un estado de apenas diez mil kilómetros cuadrados y menos de un millón de habitantes, situado en un minúsculo apéndice de la Península arábiga abrazado por el Golfo Pérsico.
Una azafata rumana con la que charlamos largo rato en el avión nos asegura que Doha, la capital del emirato, es la ciudad más tórrida y aburrida que ha conocido. A pesar de todo, nuestros ánimos no decaen y no nos arrepentimos de invertir una jornada entera en descansar del largo viaje y observar el día a día de un pueblo con una cultura tan alejada de la occidental.
El aeropuerto de Doha es bastante caótico (en otoño de 2006 inauguran uno nuevo), sufrimos en nuestras propias carnes esa desorganización y tenemos que aguardar tres horas a que aparezcan nuestras maletas que ya dábamos por perdidas.
Hacemos el visado (12 euros que se deben pagar con tarjeta de crédito), cambiamos algo de dinero en un banco del aeropuerto y cogemos un taxi (35 QR, sobre 7-8 €) que nos conduce a nuestro alojamiento, el albergue QYHA, afiliado a la red Hosteling International, la única opción medianamente económica que pudimos encontrar (30 euros por dos personas con desayuno).
El albergue está francamente bien y el personal se portó sencillamente fenomenal, nos reserva un dormitorio colectivo para nosotros dos solos desviviéndose en todo momento. La única pega del albergue, es que los taxistas no lo conocen así que recomiendo a quien vaya que lleve un mapita con la situación exacta del hotel (con la dirección no es suficiente) o terminará dando unas cuantas vueltas en su búsqueda por el barrio de Al-Lakta.
El domingo después del desayuno, el entrenador del equipo nacional de judo se brinda amablemente a llevarnos al centro de la ciudad, sugiriéndonos que nos dejemos caer por el zoco Waqif. Dedicamos buena parte de la mañana a explorar el exótico mercado con sus lujosas telas, valiosos objetos, dulces, esencias y perfumes embriagadores.
Caminamos después en dirección el paseo marítimo que recorre la extensa bahía sobre la que se asienta la ciudad, Al Corniche. El calor es insoportable y sin éxito intentamos parar un taxi que nos rescate de este infierno, nadie se aventura como nosotros a caminar por la calle.
Nos acercamos a un local a pie de un muelle, un hombre que fuma una pipa de agua (shisha) bajo un toldo nos invita a sentarnos junto a él y tomamos un refresco mientras charlamos. La brisa del mar ayuda a soportar mejor el calor y curioseamos los alrededores del mercado de pescado. Somos merecedores de un buen almuerzo y comemos unos deliciosos kebab de cordero en Al-Bandar que con un entrante de humuus y unos zumos nos costaron 140 QR para dos personas (30 euros).
Un simpático anciano nos aloja en su improvisado toldo en pleno muelle, allí tomamos el té y otra infusión de la que jamás habíamos oído hablar y de la cual no recuerdo el nombre. El hijo que resulta ser el ingeniero jefe de las obras de ampliación del zoco Waqif, nos pasea por la ciudad en su lujoso vehiculo, enseñándonos los lugares más destacados mientras nos ilustra orgulloso con curiosidades del pequeño emirato. El improvisado tour de nuestro amigo termina en el centro comercial más importante y lujoso de Oriente Medio, City Centre, donde nos refugiamos un par de horas del asfixiante calor.
Volvemos al hotel (taxi unos cuatro euros) donde después de una peripecia que omito porque puede resultar inverosímil, conseguimos llegar al aeropuerto con tiempo para embarcar a media noche en un avión de la Qatar Airways camino de Yakarta (taxi al aeropuerto desde Al-Lakta 22 QR, 5-6 euros).






